rain dogs

6 /9 /09

* Quizás sea idea mía, pero los perros callejeros del pasado eran más flacos y patudos, desteñidos genéticamente hasta llegar a ser anónimos perros khaki. Hasta que hace algunos años a una horda de histéricos se le ocurrió introducir un número inusitado de Chihuahuas en el delicado ecosistema del zaguate. Gracias a los imperativos sexuales de esa raza en particular, la fisionomía de los perros callejeros se ha transformado para producir un montón de especímenes cabezones, ojones y enanos. Yo quiero regresar a un apartamento esquinero con muchas ventanas, en un barrio con una sola peluquería, donde bajando la cuesta mal iluminada por la CNFL me cuidaba un perro callejero old fashion, de los que masticaban latas de cerveza, comían sobros de puré de papas y ladraban en tonos bajos. Se llamaba Akira y todaía a veces sueño con él.

* Amo el estadio de beisbol aunque la cerveza cueste diez dólares. Aunque una familia de gordos en la fila de enfrente pase las tres horas del juego comiendo pizza, papas fritas, churros, coca cola, helados, maní, hot dogs, limonada fría, chocolate caliente. Eso último porque en este estadio, a la máxima altura del verano, se venden jackets, guantes, gorros y cobijas, porque aquí la bahía nos hace doler los huesos estando a la intemperie a eso de las cuatro de la tarde. El equipo local, los SF Giants, son uno de esos equipos que alimentan falsas esperanzas hasta el final: exhiben jugadas brillantes, regresos épicos, historias románticas y gestas heróicas, para luego perder por supuesto. Para explicarle a mi papá le digo que seguir a los Gigantes es más o menos como ir con el Herediano. En la fila de atrás una señora Nicaraguense hace todo tipo de cálculos, análisis probabilístico digno de una compañía de seguros, un árbol de variables en el que todas las ramas nos llevan sin duda hacia los play offs. El frío y las ganas de mear desde lo alto del quinto inning, y el otro equipo arriba en la cuenta y pum, perdemos otra vez. Lo bueno es que al día siguiente hay otro partido, contra el mismo equipo, y lo podemos ver acompañados de cerveza mucho más barata, calentándonos a la luz de la televisión en un bar.

* Poco a poco voy entendiendo cómo funcionan los niños. Parece que si uno habla con ellos como si fueran amigos, las cosas salen funcionando más o menos bien. O sea, uno tiene que pensar como que tiene un par de amigos super inmaduros y ultraviolentos que se tiran comida en la cara y de vez en cuando le toca decir: “creo que eso no es tan buena idea”, o cuando se quieren matar a golpes con un palo, uno puede decir: “ok mejor juguemos de otra cosa”. Y así más o menos todo resulta bien. Si uno los ignora al rato se callan, así como los adultos. No está mal.

fairytale of new york

28 /8 /09


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islands

24 /8 /09

* En Rhode Island nadie vive a más de 30 minutos de la costa y todos hacen un cálculo que factoriza el número de turistas a cada hora, la altura del verano, las condiciones atmosféricas y el precio de la gasolina. Todo esto determina la hora óptima para salir a la playa, que por supuesto termina siendo para todos más o menos la misma. Pero quejarse del tráfico y de las multitudes es parte de la vida del verano, en un lugar donde todas las otras estaciones transcurren más bien como un largo silencio incómodo. Con el sol se levanta un vapor que se puede atrapar entre las manos como una bola, las garrapatas se adhieren sedientas a los dedos de los turistas, la humedad rueda por las paredes coloniales y la gente opera en un consumo indiscriminado de limonada ultra-dulce, que es para mi lo que alborota y le da superpoderes a los furiosos mosquitos. En la sociología del pueblo pequeño se va insertando año tras año lo nuevo (la taquería, el estudio de yoga, el restaurante vegano), y se va deslizando entre los leves resentimientos del bar irlandés, el taller de autopartes, la barra de formica habitada por estudiantes pobres.

* Alejados de la gente común y corriente y aún mucho más lejos en el imaginario social y económico, están los lugares que se llaman Cape Cod, Martha’s Vineyard y Nantucket, donde va la gente que usa la palabra “summer” como un verbo. I summer, you summer, we summer, y los que trabajan limpiando los botes, regando los campos de golf y sirviendo en las cafeterías no sé que harán, pero lo harán desde lugares que tienen nombres como Woonsocket o Pawtucket donde no hay aire acondicionado y donde no va la familia del presidente a veranear.

* En Boston la madre del cowboy y yo vamos viendo por las ventanas opuestas del carro. Cerca de Harvard Yard me señala un edificio diseñado por Le Corbusier. A finales de los sesenta ella se sentaba ahí a esperar en el auto, afuera de una puerta que da al sótano, para que saliera mi suegro de su oficina con su barba de profesor de literatura. Me va contando del otoño que un coctél de camarones precipitó el parto de su segundo hijo, y de la vez que una fiesta de año nuevo se tomó demasiados whisky sours en aquella casa. Yo le pido permiso para fantasear con una vida académica mezclada con un episodio de Mad Men. Ella me recuerda que en esa fantasía tendría que evitar las evidentísimas dificultades de ser jóvenes, pobres y discriminados por ser sureños. Lo que no me menciona, pero yo adivino, es que tendría que recordar además que aún en el escenario más favorable, a alguien le toca ser la mujer.

take the A train

17 /8 /09

* Lo que más me gusta de este país es que es fácil escapar en cualquier dirección, cambiar de nombre y empezar una vida nueva, como en las películas de la fiebre del oro o de personajes que desaparecen en la metrópolis. Da para que la gente tenga historias más elaboradas, áreas grises y secretos abismales. Se aprende a preguntar poco y a asumir menos.

* Fui al museo Warhol. En el primer piso había una fiesta horrible, con picheles de absinta. En el sétimo piso, una rubia platino en una pantalla gigante se comí­a una barra de Hersey’s mientras uno la observa como un idiota debajo de una bola de disco. En el cuarto piso había un gran danés embalsamado y en una esquina cualquiera estaba esto, que es como entrar sin querer a la mitad de un sueño ajeno.

* Hoy desperté en un jardín bañado temporalmente por la niebla. A lo lejos están las montañas blancas. En el jardí­n, como en un cuento de Perrault, crecen los tomates y las flores, y hay un estanque donde se puede nadar sin ropa. En la casa hay leche cruda, pan artesanal, dos gatos de pelo largo, internet de banda ancha y cientos de libros. Montreal está a sólo dos horas de aquí, para cuando uno extraña la ciudad y sus placeres. Dice la dueña de la casa que el invierno es largo y silencioso, pero sirve para adelantar los artículos atrasados y editar en paz. Entonces, ya se lo que quiero hacer dentro de 20 años, nada más me falta averiguar qué hacer mientras tanto.

* Mañana me toca volver al verano de Brooklyn, a la comida del Diner de la 5a calle y las ventanas abiertas de una habitación oscura que me cuesta mucho abandonar antes de las 3pm. Afuera mi oportunidad para andar en minifalda una vez al año, los patios donde la gente todavía fuma y las esquinas con reguetón en la radio. Love and happiness all around.

catfish

5 /8 /09

* En la última década y media no pude enamorarme nunca de un muchacho que anduviese cargando un paraguas. No podía imaginarme cómo alguien pudiera tener una necesidad tan apremiante de llegar perfectamente seco a ninguna parte. Entre la incomodidad de ser víctima de un aguacero brutal, y la incomodidad de cargar, maniobrar, doblar, escurrir y guardar un paraguas, mi príncipe azul siempre eligió la primera.

* Llevo un par de semanas alejada de twitter. En este momento prefiero imaginarme qué hacen, leen o escuchan mis amigos todo el día, en vez de saberlo con certeza. En mi imaginación todos tienen vidas iluminadas y maravillosas. Todos leen cosas que no he leído, tienen opiniones políticas interesantísimas, oyen música que no conozco, los jeans les quedan perfectos y todos los días comen riquísimo. I love you.

* En el asiento 04, fila 01, sección 324 del estadio de los Gigantes, experimenté una revelación religiosa sin precedentes cuando entraron las dos carreras que empataron el partido con los Philies, segundos después de que Freddy Sánchez mandara una pelota nada despreciable al centro derecha del campo en el quinto inning. Ningún momento estrella del deporte, ninguna jugada espectacular, nada. El debate epistemológico va a tener que esperar porque estoy a punto de comprender la regla del infield fly.

* De camino a la oficina un muchacho muy guapo de esos que andan en malos negocios me da los buenos días, como todo un caballero. Todo comenzó porque un día de estos yo iba sonriendo involuntariamente, después de ver a un vagabundo cantándole un bolero a un bebé, una cuadra atrás. El me vio feliz y con flores en el pelo. De seguro le recordé a su mamá. Por andar de sonriente en este barrio, cualquier día de estos me pegan un balazo.

there, there

29 /7 /09

Traigo mi propio café en un termo, para no arriesgarme a la oferta institucional. La muchacha que está en frente de mi en la sala de espera sabe que está deprimida, pero necesita confirmación de la autoridad médica competente. Hasta tiene los ojos verdes apagados de tanto llorar sentada en la bañera. Me pregunto cuántos de los desajustados genéricos que he visto deambulando por la ciudad habrán pasado por una sala idéntica a esta llenando el mismo cuestionario: “Se ha hecho daño a si mismo o ha pensado en hacerlo?” Si gastarse el hígado de a pocos, con energía y éxito cuenta, entonces si, muchos de los presentes debemos marcar. Síntoma, síntoma, check, check, check. Este lugar, que aparece alarmante en las pesadillas de otros, a mi me reconforta: nadie se preocupa demasiado por parecer normal. Unos caminan sin pisar las rayas de la alfombra, otros traen a rastras a un niño totalmente fuera de juicio. Gracias a la providencia o por consecuencia con el objetivo sanitario, no hay televisor, sino que el sonido de fondo son las maquinitas de la tarjeta de crédito que procesan el pago inmediato que requiere el bienestar. Al final del pasillo están las salas de terapia de grupo empezando a llenarse, y con un escalofrío considero por un segundo esa práctica casi pornográfica que por el momento prefiero evitar. Me llama el doctor por dos de mis cuatro nombres. En la ventana, como una cortina de algodón, la niebla cubre hasta los árboles más altos del Golden Gate Park.

no surprises

15 /7 /09

* La ciudad pasa más rápido en bicicleta. Las casitas edwardianas de las colinas pasan una y otra y otra, por la esquina del ojo, como empujadas por el viento. Tengo miedo, por supuesto, porque me da miedo andar en bicicleta, pero se me olvida a ratos porque me da más miedo la gente a mi alrededor, los conductores de camión, los otros ciclistas, las señoras distraídas, los patrulleros que se aproximan a toda prisa al lugar de los hechos. En mi barrio andar en bicicleta nunca es un tranquilo paseo por la tarde, sino un intenso ejercicio filosófico. Siempre se va cuesta arriba, extrayendo con fuerzas el oxígeno del aire, en ardua respiración consciente, o cuesta abajo, en inclinación vertiginosa, considerando la inminencia de muerte.

* Será que todos queremos vivir en otra parte? Pasamos un montón de tiempo imaginándonos vidas distintas, cambiando de escenario, buscando otras tiendas dónde comprar el pan si es que venden pan, cómo llegar al trabajo, dónde sentarse a leer el periódico los domingos, con qué nuevos amigos salir a bailar. En Amsterdam lo pensé: “vivir aquí, apenas unos meses, durante el verano”. Mi padre vino a visitarme y todos los días dijo de alguna forma: yo podría vivir aquí. Mi amigo el Oso viaja de un lugar a otro, homeless, vive en todas partes y parece feliz (creo que es feliz, no he tenido tiempo de preguntarle), pero la última vez que nos vimos fantaseamos con llegar a la casa del otro sin avisar, abrir la refrigeradora para ver qué hay, y hablar con tema y período indeterminado. Me da la sensación de que después de un tiempo estamos igual en cualquier lugar porque tenemos que vivir con nosotros mismos y muchas veces, dolorosamente, sin los demás.

* Necesito un libro de autoayuda, un doctor, una maravilla farmacéutica, un hecho inspiracional, un encuentro extraterrestre, una revelación religiosa, algo! Tengo los hombros adoloridos de tanto levantarlos y dejarlos caer. No me enfurece nada en particular, ni tengo grandes tristezas, ni resentimientos, ni me desgarra la injusticia, ni estoy ocupada en el alcoholismo o las drogas. No me inspira la acción política, ni quiero escribir un libro, ni quiero terminar la tesis ni me interesa mucho la tecnología y esas cosas horribles. Todos los motivos que alguna vez me hicieron avanzar en alguna dirección ahora parecen divertidos recuerdos de una época remota. Sufro de indiferencia, y sería bueno que existiera una cura.

15 step

3 /7 /09

* Parte de lo que extraño de estar en casa es que esta parte de la ciudad no tiene sentido del humor. Es bellísima, pero le falta un poco de la incomodidad fascinante que sólo puede venir de la imperfección y el problema. Me resulta un poco difícil vivir y describir un mundo donde los personajes viven en un estado general de bienestar cultural y social, sin privaciones significativas, sentados en salitas que parecen de una revista de diseño interior, atendiendo a sus vicios más o menos matter-of-factly. Es decir que ya estoy lista para volver a la neurosis de San Francisco donde si, las casitas victorianas parecen pintadas las postales turísticas, pero adentro yo se que hace mucho frío y el techo está lleno de jeringas y una mujer furiosa en alguna parte está tirando un tocadiscos por las escaleras.

* Pensando en eso me fui a visitar a un amigo a un barrio común y corriente, lejos del área turística pero todavía cerca del centro, Frente al apartamento más o menos típico del filósofo/hacker (sorpresivamente sin Internet) hay una escuela donde en el patio, niños de todos colores se tiran agua con cubetas y pistolas. Hace un calor del demonio. Salimos al balcón a tomar el té, anticipando silenciosamente la tormenta que viene de todas direcciones. En el barrio hay construcción, obreros, señoras con bolsas, más de tres religiones, tiendas de esas que marcan los precios en cartoncitos fosforescentes en la ventana llena. Aquí viven los maestros, los oficinistas, las chicas que trabajan en los bares y en las tiendas. En este balcón lleno de macetas encontradas, por donde pasan demasiado cerca los aviones, es donde estoy yo, feliz.

* Otra vez se manifiesta mi mediocridad turística. Desde que llegué me he leído unas 500 páginas de un libro, me queda un día y medio y no he ido a los museos ni he hecho el tour de los canales en bote. Pero hice amistad con la señora de la tiendita de la vuelta que casi no habla Holandés y no digamos Inglés. Aprendí a leer el menú, a usar el tranvia de la forma barata, dónde y cómo se compra el queso, cuánto cuesta mandar una carta y cómo se llama la chica de Estonia que atiende durante el día en el café a dos cuadras de mi habitación. Me he dado cuenta que eventualmente me tropiezo sin querer con algunos museos, plazas, estatuas, monumentos o experiencias, sin buscarlos en el mapa. Para eso se necesita tiempo, y tiempo tuve, pero ya se me acabó.

treefingers

2 /7 /09

* María Lucía tiene un nombre que odia, porque rima el primero con el segundo. Ella usa Maria Luisa porque lo odia menos. Se mueve por el mundo con una fuerza desastrosa pero controlada, con su hija de nueve años agarrada de la mano. Cada vez que mete la pata, llega tarde a recogerla de la escuela, olvida prepararle el almuerzo, falta a la reunión de padres de familia, María Luisa le asegura a la nena que todo es parte de una lección, un vehículo de aprendizaje, una forma de adquirir paciencia, autosuficiencia, previsión, determinación.

* Me llegan mensajes desesperados de Honduras, de gente detenida, su trabajo decomisado y destruido. Yo pensé que eso ya no nos iba a pasar más y de alguna forma siento que era parte de mi ingenuidad de persona joven, ahora oficialmente jodida. O suspendida por motivos de emergencia, como dicen los noticieros.

* Dice mi amigo Adam que en Amsterdam sólo se puede pintar la puerta de una casa de tres posibles colores, predeterminados por el gobierno de la ciudad. El micro-manejo de las convenciones, entre otras cosas, hace que la ciudad sea desconcertante y fantástica, de una perfección vertiginosa. Más allá de la vulgaridad que acompaña a todas las franjas turísticas, el verano hace a la ciudad explotar de mujeres en vestidos ligeros, flores en los puentes, bicicletas pesadas, gente que lee las revistas con una cerveza en el portal de cada casa. Me muevo despacio en estos últimos días, como para no hacer desaparecer la alucinación, el reflejo tembloroso en los canales, hasta que esté lista para despedirme.

mar de canal

25 /6 /09

* Estoy trabajando bajo las luces dramáticas del teatro anatómico del Waag, un edificio de ladrillos y torres que está en pie desde los 1800 1400. Hay que subir por unas escaleras estrechas dentro de la torre redonda para parar en esta sala octagonal, donde los cirujanos, entonces descendientes laborales directos de los carniceros, le mostraban a la audiencia cómo era la gente por dentro. Rembrandt lo pintó alguna vez. Hoy el Waag Society trabaja en el impacto de la tecnología en la sociedad y la cultura. Por la ventana se ven los techos de tejas y las torres de las muchas iglesias. Un hombre que no se sabe las canciones le toca el blues a los turistas, que fluyen desordenadamente en un día de calor y un cielo de rayas blancas. El impacto de la tecnología en la sociedad y la cultura soy yo, sentada aquí, viendo para abajo.

* Amsterdam no es así. A veces no son las masas de idiotas ebrios en el red light district, y definitivamente no es la comida. La ciudad no es particularmente amistosa y todo es irracionalmente caro. En los parlantes suena un tecno apestoso, las habitaciones de hotel son microscópicas y la cerveza no es nada espectacular, los cafés donde venden mariguana están llenos de gente deprimente y los ciclistas asesinos andan sueltos. Pero en las noches los cisnes navegan por el canal, y las luces tiemblan en el agua, y los puentes se levantan como hace setecientos años, en una ciudad con silencio. El silencio, tejido entre cada minuto, es tranquilizante.

* Cada día que pasa es más fácil convencerme de que no me importa, pero me interesa. No es lo mismo. Por ejemplo, no me importa si el mundo explota en catorce millones de pedazos que termienen flotando perezosamente por el universo. No me sentiré descorazonada. Sin embargo me interesa enterarme cuando esté por pasar, quiero leer las noticias y salir a oler el pánico, hacer las paces con mi vecino, fumar y tomarme un whisky mientras esperamos.