the present tense

16 /7 /11

* Mi abuela, me cuentan, ya no sabe quiénes somos. Ha llegado a un lugar feliz donde nos ve a todas como sus amigas, a sus hijos los confunde con los muchachos del barrio, a mi abuelo con su papá. En ese mundo ella es soltera y joven, no se preocupa por nadie, está solamente interesada en ella y sus necesidades imperiosas, no tiene miedo. Se quiere ir de la casa, quiere hablar con sus amigas por teléfono, piensa en ir a trabajar, quiere chismorrear sobre quién se casó con quién, no entiende por qué todo el mundo está tan viejo y triste por ella. Yo también querría volver.

* Nuestro amigo B ha vuelto de Istambul y lo que nos ha contado es lo mismo que hemos sentido en otras ciudades. Que mientras estamos aquí eligiendo una película mala en Netflix o llenando los circulitos de google+, allá afuera está sucediendo de todo, sin nosotros. Hay ciudades enteras donde están pasando cosas, calles llenas de gente joven, cafés llenos de conversaciones y risas y ruidos y música y destino, y luces que llevan a alguna parte y quienes corren llorando debajo de la lluvia, gente que baila música que no es para bailar, libros que se escriben al vuelo, parades que se pintan solas, lugares donde no queremos dormir sino despertar.

* La tristeza es que te olvide tu abuela o peor, tu madre. Que no te reconozca más y que viva en un mundo donde es otra mujer, que no pierde el sueño por vos y que no está esperando tu llamada ni pensando si comiste. Que te hable con la distancia con la que le habla a los vecinos, a los que no tendieron la ropa con ella y durmieron la siesta con ella durante treinta o cincuenta años. Los que nos reímos de su risa de lora, los que bailamos con ella los pasodobles en las fiestas, nos encontramos de repente extrañándola desde la misma habitación, sin saber si ella quiere regresar.

dog days of summer

2 /7 /11

* Marla es nombre de jirafa. Marla se mueve, en efecto, como una jirafa alcanzada por un dardo tranquilizante, ondulando el cuello suavemente al ritmo de una baladita imaginaria. La veo a veces en la fila de los tiquetes del metro, en la intersección de Powell y 4th street, entre los turistas que tiemblan de frío esperando que cambie la luz del semáforo peatonal. Lleva en el bolso negro un libro de Jane Austen, una botella de agua, una billetera roja, dos lápices de labios que no usa y una cajita de toallas húmedas. Lo sé porque para en cualquier momento, tuerce el cuello largo hacia abajo y busca, busca, revolviendo la mano en el fondo del bolso, o ya desesperada va sacando las cosas y poniéndolas a su alrededor en la acera en un arco ceremonial, y lo que busca no está ahí.

* ¿Me convertiré en una de esas personas-perro? A dog person. Después de toda una vida de ser una persona-gato, la transición es dura y requiere arduos ajustes del comportamiento. Ahora me levanto temprano y echo a correr por el monte, me pongo al sol a propósito, evalúo los juguetes de peluche por su potencial duración y toxicidad, recolecto mierda en bolsitas biodegradables. Me pregunto si me dará por comprarle una chaqueta de invierno a mi perro cuando llegue el frío. Contemplo con horror la posibilidad de encontrarme un día en medio de la fiesta de cumpleaños de Milo, no sólo habiéndola organizado, sino habiendo obligado a mis pobres amigos a vestir sombreritos y a cantar cumpleaños feliz frente un pastel de hígado de pollo. Uno nunca sabe ni cómo ni cuándo le pasan esas cosas.

* Lo único que puedo decir de la madurez es que me permite imponerme múltiples disciplinas. La de correr, la de comer ensalada, la de tomar 4 tazas de café en vez de 8, la de evitar el llamado irresistible de la autodestrucción que básicamente me ha guiado por la vida hasta la fecha con resultados más o menos afortunados. Lo que no puedo es sentarme aquí durante horas y escribir una historia, una que cuente algo, que nos lleve a otra parte, que hable de personas imaginarias y sus destinos inexistentes. Soy demasiado impaciente, mi edición atolondrada, mi autoestima baja, mi desesperación evidente. Quizás en otros dos o treinta años.

I’ll fly away

25 /6 /11

* Ahora tengo un perro, uno de esos anónimos perros khaki de patas largas y rabo en forma de signo de interrogación. Lo recogimos de un refugio, donde estaba enano y feliz. Cuando estoy lejos de él extraño sus orejas triangulares, sus barba de espigas y su olor a perrillo salvaje. Busco en la oscuridad el silbido pequeño de su respiración, todas las noches.

* En las mañanas corro detrás del número 14L y en él escucho las indignidades de la vida ajena mientras hago como que leo The New Yorker y tomo café en el metro, como se hace en este país. Llego a las ocho y media y me siento a resolver problemas lingüísticos en una oficina bonita, decorada, joven. Tengo varias oportunidades diarias para reírme en voz alta en situaciones sociales, vestirme como la gente, y hablar de temas que no indican en mí ningún tipo de patología peligrosa. Trabajo con gente inteligente y buena, que también tiene familias y perros y problemas. El trabajo, en fin, me proporciona a diario una alta dosis de normalidad, dulce y sedante, por la cuál estoy muy agradecida.

* Milo y yo salimos a correr a las seis de la mañana, sólo el sonido de campanita que hacen sus placas colgando en el collar rojo. La mañana está vacía y hay gotas de agua completas flotando en el aire. El sol comienza a calentar los lados de las casitas, el camión de la basura hace sus ruidos de animal mecánico, las señoras se levantan a poner el café. En el tope de la colina, mientras él se pierde entre las hierbas altas, yo veo los edificios y los puentes a lo lejos como si fueran otros que quedaron en el pasado.