let down

10 /12 /09

Cada vez que vengo me quedo colgada en las ramas grises de los árboles, en las porquerías que no caben por la alcantarilla, en las capas sucesivas de ladrillo, pintura y graffiti que cubren todo Brooklyn y sus edificios torcidos. Siempre quiero quedarme pero esta vez no. Hace frío y eso está bien, hace frío del verdadero, del que a veces extraño porque pela las capas más inmediatas de la fragilidad que implica mantenerse biológicamente vivo. Me gusta el momento suspendido de una puerta hacia la otra, respirando el hielo seco, con las manos indecisas entre los guantes. Me gusta el tren, que zarandea el puente cuando pasa hacia el otro lado mientras el acto de un dúo de mariachis y el de un percusionista jamaiquino se encuentran, sin querer, en el mismo vagón. Pero esta vez me quiero ir para mi casa. Quizás porque ahora hay un lugar, evidentísimo y discreto, que es mi casa. Una casa mía, llena de mis libros. mi cocina, mis tijeras, mis papelitos, mi calefacción inútil y el silencio de un barrio pequeño. Hoy siento que podría abrazar las vigas ya desaparecer en ellas, como posiblemente hicieron otros habitantes ahora ocultos debajo del papel tapiz. Tengo una casa donde quiero pasar un año, diez, cincuenta, o hasta que llegue el terremoto que la ha de tirar colina abajo. Aquí ni siquiera tiembla.

all I need

1 /12 /09

El día, todos los días, están corriendo en overclock. Hago click y listo. Pienso en bailar pegado con una mujer grandota. I’m the next act waiting in the wings. Pienso en mecerme como un bebé en los brazos flaquitos de mi abuela. Pienso abrir los ojos dentro de la piscina y ver. Tengo un tiquete, abro la mano como si estuviera ahí. Ahora los tiquetes de avión son imaginarios, como todos los lugares a donde queremos volver. El mundo no termina de hacerse pedazos.

you go to my head

22 /11 /09

* Mi marido finalmente regresó de una isla en el pacífico, una noche de estas, hecho mierda como si me lo hubieran asaltado. Tiene días de dormirse a las cuatro de la tarde y despertarse a las cuatro de la mañana, a darse una ducha y a buscar comida. Yo tanto que lo esperé oyendo Billie Holiday, ahora estoy feliz de lavar otra vez dos platos y de quejarme en voz alta de lo eternamente descompuesta que está la calefacción, y que alguien haga como que me escucha.

* Un día de estos tomé un bus que se va por el camino largo hacia la playa, donde las olas ese día se levantaban con ganas de tragarse a alguien. En el camino vi barrios que no había visto jamás, algunos apagados y silenciosos en su pequeñez, habitados por gente de colores que grita en el teléfono, le grita a sus niños, le grita al chofer, porque gritar es lo que queremos. Algunos barrios con jardines y cocheras dobles y escalinatas, insólitas mansiones ubicadas en otro planeta, una parada por aquí y otra por allá, apenas las suficientes para que las empleadas domésticas puedan llegar. En la parte de arriba de los riscos la gente se abriga y observa la violencia del mar, que se supone que es igual para todos.

* Estoy obsesionada con los detalles absurdos, con la tarjeta de navidad, con el orden de la lista de las películas que veremos, con el nivel de colores que esta foto demanda. Lo hago todo conscientemente, cansada de pensar en lo importante. Lo importante es inmenso y peligroso, enorme, incómodo, múltiple, difícil de arreglar.

work

10 /11 /09

Hay cuarenta y dos personas que leen este blog cada vez que publico algo. Todavía no me explico de dónde salen. Es posible que algunos de ustedes me conozcan a partir de mi trabajo, lo cual es un poco extraño, no? En los años que tengo que escribir Itzpapalotl, casi nunca he hablado de mi trabajo. Yo nada más viajo misteriosamente, sin explicarle a nadie por qué. Algunos deben pensar que soy espía para una oscura agencia transnacional de inteligencia (lo cuál no estaría mal, la verdad).

Bueno pues ahora he decidido escribir un blog sobre mi trabajo, porque hay muchas cosas que no calzan en Itzpapalotl, y muchos pedazos de mi que andan flotando por la red sin asilo. Además, es en Inglés. Si les interesa saber sobre mi trabajo puede vistar www.lenazun.com o seguirme en @lenazun. Y ahora, volvemos a la programación regular.

melatonin

4 /11 /09

* A eso de las nueve de la mañana hora local, el cowboy y yo nos dimos un breve beso de despedida antes de salir en aviones distintos hacia direcciones opuestas del planeta. Frente a mi en la sala de espera había una chica como de 23 años, evidentemente muy contenta de viajar. Yo lloré y entendí a todas las señoras que alguna vez vi llorando en un aeropuerto, por motivos más o menos meritorios que el mío.

* Ya he escuchado varias veces esta idea sacada de un libro de William Gibson de que el jet lag pasa porque cuando uno vuela el alma se queda atrás, es más lerda y tarda un rato en llegar. Ese es un libro que probablemente jamás leeré. Mi alma rabiosa vino conmigo, lo sé porque aproximadamente a la hora 20 de viajar en un asiento de mierda en un avión repleto y turbulento, con el televisorcito descompuesto, quise morir o matar, y eso sin alma no se puede hacer. Pero me suena lo que dice un par de párrafos arriba de ese, sobre las fugaces e inapropiadas demandas reptilianas por sexo, comida, calmantes o todos los anteriores. Eso sí.

* Jungle girl here se despertó a las 6 de la mañana con la cabeza llena de algodón, después de 8 horas sólidas cortesía de la melatonina. Vió el amanecer anaranjado sobre el agua, se tomó cuatro aspirinas y dos tazas de café, hizo la tarea, desempacó, lavó la ropa toda junta sin separarla por tejido o color. Fue a correr a toda velocidad, una, dos, tres millas, hasta que volvió el dolor de cabeza. Sintió al oído el reconfortante, familiar, cálido tono del espanglish, y se comió un bacon cheeseburger en 30 segundos flat. Luego lloró un rato más incrédula ante la idea de que no se puede estar, en cuerpo y alma, en todas partes al mismo tiempo.

subterranean homesick alien

1 /11 /09

* En esta ciudad, los habitantes tienen la saludable costumbre de bañarse juntos. Sobre todo los viejitos, llegan solitos o en grupos de amigos a un edificio que parece un palacio, pagan en unas ventanillas que son iguales desde hace cien años, y se sumergen en el agua caliente a jugar ajedrez acuático mientras alivian el dolor de sus cuerpos desgastados. Hay piscinas calientes, piscinas tibias y piscinas frías, piscinas internas y piscinas al aire libre. Hoy es un Domingo de otoño y las piletas son una sopa humeante de familias, vecinos, grupos de adolescentes que aprovechan para verse en bikini, parejas de esposos que se hacen masajes, turistas y alguno que otro solitario, leyendo un libro tratando de no mojarlo. Debajo de esta agua y al lado de esta gente translúcida, mi piel se ve aún más oscura, mis brazos flotando levantados por los minerales. Hoy se me acaba el tiempo aquí, adonde llueven hojas amarillas.

* Aprovecho un momento de silencio y buena conexión para llamar a mi madre. Ella está en el salón de belleza, allá al otro lado del mundo, mientras le hacen las uñas está tratando de imaginarse el Danubio y el subterráneo hecho en 1896. Dice que las cosas que contenía mi antiguo apartamento han sido distribuidas ahora sí totalmente entre diferentes casas, y que ahora un miembro de la familia agarra un cuchillo con filo, o ve una sábana extraña, o abre un libro en portugués, o se sienta al lado de una mesita de vidrio, y se acuerda de mi. Lloré un poquito pero creo que no se dio cuenta.

* Cada vez que regreso a casa después de un viaje revelador y misterioso como este, me propongo disfrutar más de mi ciudad. En San Francisco también tenemos cafés, parques, baños japoneses, una casa de la ópera, pequeños festivales de cine, helados de aceite de oliva, gente que pasea cabras por los parques urbanos. Pero como no soy turista, no me doy permiso para disfrutar esas cosas que me gustan tanto: les veo detrás todas las patologías sociales, toda la exclusión y las pretensiones que traen asociadas, las pienso tanto que se les quita la gracia. Ser un visitante es fantástico porque uno no tiene contexto, lo ve todo en un vacío y en el poco tiempo que tiene no puede entender las complejidades culturales y económicas de las cosas que a primera vista son maravillosas, entonces las disfruta en la placentera ignorancia. Quisiera volver a ver la ciudad con los ojos que tuve para ella la primera semana, cuando todo era futuro.

the tourist

29 /10 /09

* Si uno quiere leer sobre una visita a Budapest, con toda justicia, lo mejor es ir a leer este post de Anchas Alamedas. Sole vino hace un par de semanas y básicamente vio lo mismo que yo, pero lo cuenta con más imaginación y más ganas.

* Salí a desayunar una taza de café (por fin un café delicioso, maldita Italia, todos tus estereotipos de hospitalidad mueren en Budapest), pasé por una librería bellí­sima y me compré una “Guí­a crí­tica” de Budapest, del autor local András Török. El sarcasmo comedido y la genuina admiración por la belleza literaria e histórica de la ciudad hacen que la guía sea un verdadero placer turístico, aún desde un asiento cómodo, viendo por la ventana cómo pasan los tranvias hechos en la unión soviética.

* El primer momento en que pongo los ojos en el Danubio me entran unas ganas fabulosas de soltarme a llorar, comprendiendo de dónde vienen todos los vals que terminan bailando las quinceañeras y las novias. Hay que darle la espalda a un par de hoteles horribles y ver más allá, a la otra orilla, donde la alta sociedad de Pest en el invierno de 1800 fue invitada a la boda del gobernador Austriaco en Buda y no pudo regresar durante semanas porque se derritió el pasaje de hielo. Ahora los puentes, suspendidos, brillan en la niebla.

* Buda, del otro lado del Danubio, está como construida en Civilization. Esta ciudad ha sido atacada (y reconstruida) treinta y siete veces. Calculo que de aquí al Lunes son pocas las posibilidades de que vuelva a suceder. En todo caso esta gente tiene experiencia en la reconstrucción y cada vez que les tiran la ciudad al piso se dan cuenta de que debajo había una todavía más vieja, más hermosa, que vuelve de alguna muerte en tiempos remotos a levantarse entre las ruinas.

* Me pasé el día del otro lado del río, caminando y viendo a otros turistas con curiosidad, visitando una modesta tumba a un enemigo heróico, pensando en un largo laberinto subterráneo de catacumbas heladas, viendo las estatuas de los que fueron valientes ahora verdes, sentados en sus caballos. Pensaba mientras tanto en este artículo que compartió El Oso sobre el alcance de la xenofobia de los Húngaros, que llega a abarcar a minorías aún por existir. Eso en este mismo siglo, en este país de invadidos y agraviados, como si no estuviera la segunda sinagoga más grande del mundo a una cuadra del apartamento donde me voy a dormir.

follow me around

28 /10 /09

En las calles de piedra suenan clic clic clic, los tacones altos de las señoras. Mi amigo David yo estamos sentados en las escalinatas de la plaza del Duomo, en algún punto del trayecto entre la franca ebriedad y la resaca. Pensamos que ninguna sociedad observante de los derechos laborales podría haber construido esta vaina, mientras vemos a unos niños espantar las palomas a gritos. El cowboy toma algunas fotos sin muchas pretenciones. Llegamos al hotel pero nos avisaron que no podriamos entrar a la habitación hasta las dos de la tarde, enviándonos a vagar por la ciudad por cuatro horas en estado de deshidratación indefensa. Siendo yo la menos afectada, decido comprar un mapa de la ciudad y dirigir a nuesro trío de muertos vivientes por entre las calles empedradas, las plazas con estatuas de gente importante, los millones de tiendas de ropa y zapatos, y los cafés con rótulos en inglés que pretenden seducir al turista para que se coma un spagetti al pesto de 24 euros. Decidimos ir a un parque y terminamos en otro. El mismo instinto defectuoso me dirige a un café al aire libre donde almuerzan empleados bancarios muy bien vestidos, y donde venden Heineken. Desde la silla plástica y adelante de los anteojos oscuros veo venir, como una alucinación, varias estampas de mi futuro acercándose a toda velocidad.

Los pueblillos alrededor del lago Como parecen sacados de un libro de cuentos europeos, con todo y pescadores, panaderas y damas de la corte. Alrededor hay montañas altísimas, y detrás están los Alpes nevados. El lago tiene forma de Y, y en ese piquito del medio, en un montecito empinado y redondo, hay una villa medieval rodeada de jardines escalonados. Ahí pasamos los días anteriores, trabajando al menos doce horas al día, como suele suceder. Ahora que estamos en Milán todo eso parece haber quedado muy, muy lejos, completamente ajeno a los bancos y las casas de la moda, los barrios llenos de ruido, las calles angostas, los meseros de paciencia cortísima, los monumentos medievales y los tiliches que los inmigrantes venden en las aceras. Pasamos nuestro primer día libre durmiendo como piedras, caminando sin rumbo, comiendo cualquier cosa y tomando un café Americano que parece ser horroroso en todas partes. Muy pronto David se subiría en un tren a Roma, donde no sabe qué hará. Yo me iré a Budapest, donde no sé qué haré.

Las cosas avanzan lenta pero tranquilamente cuando uno conoce, y hasta quiere a la gente antes de verla, o viéndola solo una vez al año. A veces me preocupa no tener muchos amigos de esos que uno puede llamar para salir a tomar café de inmediato, pero luego recuerdo todos esos que tengo desparramados por el mundo, que no me permiten sentirme sola en ninguno de sus rincones, y a algunos que todavía no alcanzo a ver en persona. Cuando finalmente nos vemos, las ocasiones parecen grandes y me esfuerzo por guardarme todos los detalles, que siempre me bastan para quererlos todos los días, desde lejos.

why you’d want to live here

8 /10 /09

A las 9am pasa un busito rotulado como “VIP TOURS” por el frente del hotel para recogernos a mi y a una de esas parejas en obvia luna de miel. El busito nos lleva a una sala sobredecorada con banderas gringas, fotos de John Wayne y una figura de cartón tamaño natural del presidente Obama, al lado de la cual la mayoría de los turistas se toman la primera foto. Es el primero de dos días que tengo en Los Ángeles, donde por alguna razón, jamás había estado.

Mi objetivo específico es montarme en un tour de un día de los que te llevan a ver “todo”, con una guía precisa y ensayada de lo que hay que ver. Claro, cada vez que le comento este objetivo a alguien me tuerce la nariz, como si le hubiese dicho que iba a gastar un certificado de regalo de $70 en siete libros de Paulo Cohelo. Eso porque los turistas más “educados” (ejem) gozan de lo auténtico, lo pequeño, lo especial, las callecitas silenciosas y jamás descubiertas por otros turistas, la compañía de la gente local, los soleados jardines internos que no aparecen en ninguna guía. Yo simplemente soy pésima turista: siempre termino en una ciudad conociendo una sala de reuniones, un café con wifi, cuatro bares y un supermercado o farmacia, si tengo suerte. Con Los Angeles estoy dispuesta a lo contrario.

Ya en el Counter me decido por uno que se llama Grand Tour of Los Angeles, que promete llenarme la cabeza de todo lugar común que pueda salir en alguna conversación sobre esa ciudad, por un lapso aproximado de seis horas. Es perfecto. Tiquete en mano me dirijo a un busito blanco y por suerte, agarro un asiento con ventana.

El guía se presenta. Se llama Jack. Desde el primer minuto trata de hacerse el gracioso como un desesperado. Nos pregunta de dónde creemos que proviene, pero nadie quiere descorazonarlo diciéndole que para nosotros los extranjeros, todos los gringos vienen del mismo lugar.

Antes de que salgamos del parqueo (por dios, por favor, salgamos de aquí) alguien que no puedo ver desde mi asiento insiste en hacer toda clase de preguntas sobre Las Vegas. Un par de chicas japonesas se dan cuenta de que están en el bus equivocado, y una vez que se bajan, se dan cuenta de que dejaron un bolso.

La pasajera que me queda más cerca es una señora chilena llena de opiniones, que regaña sin cesar a su esposo y se transforma de inmediato en mi personaje favorito. Por ahí hay una pareja de colombianos mayores, dos chicas de Taiwan, una pareja de Suizos escandalosísimos con su hijo adolescente.

Finalmente emprendemos la marcha y empezamos por Marina del Rey. Jack nos indica que la mayoría de esos botes que están amarrados en la marina pertenecen a gente que no los usa, porque no sabe cómo o no tiene tiempo, o no le da la gana. Los chicos pobretones que crecieron ahí cuando era más o menos un basurero, como él mismo, son contratados para limpiar y darle una vuelta al bote de vez en cuando, para que no se pegue. No está mal. La señora chilena como que no entiende mucho esa parte, va callada viendo por la ventana.

Llegamos a Venice Beach. Ahí vamos a parar media hora, a deambular sin hacer mucho, porque es demasiado temprano y los hippies apenas están instalando los bancos donde tocan música y venden tiliches. Ahí se me presenta Farid, un muchacho guapo y Libanés que ha concluido que siendo yo la única otra persona que va sola en ese tour, estoy destinada a tomarle fotos a él, y él a mi, intercambiando cámaras. Foto frente a la playa plana. Foto frente a una palmera casi artificial. Foto de Farid fumándose un Marlboro. De vuelta al bus.

En Beverly Hills la señora chilena se empieza a emocionar visiblemente. Finalmente estamos viendo lo que le interesa, y cada vez que Jack señala digamos, los estudios de tal televisora o el cuartel general de tal productora, ella prácticamente patea al marido para que tome fotos, haciéndolo cambiarse de un lado al otro del bus. Desde atrás la suiza grita en suizo. Jack está en su elemento, señalando dónde se filma tal cosa o dónde se originó la otra.

Creo que el momento culminante no sólo de este tour, sino de la vida de varios de sus participantes, es cuando dando una vuelta cerca de Rodeo Drive aparece en una acera, esperando por su auto, Sir Anthony Hopkins. Es guapo, viste un traje azul, y cuando se da cuenta de que lo hemos descubierto sonríe y saluda en dirección a nosotros. Dentro del busito se desata un pandemonio. Gritos, cámaras y exclamaciones en varios idiomas, incluyendo a Jack gritando por el megáfono. Yo quiero tomarle fotos a ellos pero no me atrevo.

“Abran bien los ojos porque no se sabe qué celebridades se puede uno encontrar” dice Jack, ahora con la prueba en la mano. Paramos para almorzar en un lugar que se llama el Farmer’s Market, que es mitad mall de lujo, mitad chinamos de comida tipo mercado. Aquí Farid me me revela que lo que quiere es ir a las Vegas, pero no quiere gastar mucho dinero. Anda buscando la máxima calidad posible al más ridículo de los bajos precios. Una vez que se da cuenta de que soy pésima turista y no me decido sobre qué comer, Farid me abandona para ir a comprarle ropa interior en oferta a su novia, en Victoria’s Secret. Yo lo que quiero es escaparme para que nadie me vea comiéndome un sándwich. Sentado en una silla de café a mi lado, un tipo ladra en su iPhone mientras taladra las teclas de su Mac. Anda con zapatos de aspirante a productor.

La próxima parada en el tour es la más esperada por todos. De repente se empiezan a ver las estrellas pintadas en las aceras y los tipos repartiendo volantes y vendiendo cosas sobre ellas. Como si fuera un bus escolar, Jack pregunta si queremos ir, y todos gritan: Siiii!!!! (Ahora no me acuerdo si grité, llevada por la corriente). Ahí nos bajamos entre otros grupos de turistas que no dejaban de tomar fotos. Yo busco debajo de los disfraces a los protagonistas de un documental que me gustó mucho, pero no veo a ninguno. La señora chilena agarra a uno de los muchachos disfrazados de The Joker para tomarse una foto a cambio de una propina. Una vez que el tipo le pone una navaja en el cuello, ante la cámara excitada de su marido, se le nota que está pensando en algún momento horroroso de la vida de todo latinoamericano. Farid me pide que le tome una foto acostado en el piso junto a la estrella de Anthony Hopkins.

Yo me devuelvo al bus mientras los otros todavía andan merodeando entre ofertas que tienen cara de estafa. Jack está haciéndole al suizo un listado de las estrellas que alguna vez ha visto o conocido. Yo le pregunto dónde vive, y me dice que los precios desplazaron a su familia de Venice hace mucho tiempo y ahora está en los suburbios. Tiene dos hijas adolescentes y además de guía, es agente de viajes. Cuando me pregunta si me gustan las películas yo le digo que me gustan más las de mil novecientos sesenta para atrás, y él se lo toma en serio.

Lo demás pasa más o menos rápido, o más o menos aburrido. Farid se queja en el camino de que no tuvo tiempo para tomar más fotos de las estrellas. Hay una parada de veinte segundos para tomarle fotos a las letras de Hollywood tapadas inconvenientemente por una palmera, una parada de veinte segundos para ver por fuera esa cosa horrible de Disney que se quiere parecer al museo Guggenheim de Bilbao, una pausa para pararse debajo de los chorros de agua en el Centro de la Música, una vueltecita por las calles desiertas y medio deprimentes de Chinatown. La señora chilena mira todo con asombro, cuando Jack dice “esta es la escalera de la escena final de Pretty Woman”, ella dice “oh!!”. Cuando Jack dice: “estas son las bancas donde se filmó aquella escena de Grease” ella dice “ah!!!”, cuando Jack dice: “esa es la torre el reloj que se ve en Back to the Future”, ella le arrebata al marido la cámara, para tomar la foto perfecta.

En un momento paramos en el centro histórico, que es una especie de ventana a una cuarta dimensión pastoral en medio de un laberinto de concreto. Es un parquecito en cualquier pueblo de México, con una capilla de la Virgen de los Ángeles. La señora chilena y su esposo pasean de la mano como novios, alrededor del quiosco, bordeado de banquetas donde descansa la tarde, a la sombra de grandes árboles. Hasta ahora se me ocurre que evidentemente tienen hijos pero en este viaje andan solos. “Este lugar es maravilloso” pienso yo, y exactamente al mismo tiempo Farid me dice “Aquí estamos perdiendo el tiempo, qué es esto? Chino? Mexicano? No hay nada que ver aquí.”

El camino de regreso es silencioso y cansado. Jack ya no hace bromas, no dice nada, su simpatía profesional tiene un límite de horas. De vez en cuando nos ve por el espejo, y así nos va a dejando uno por uno en cada hotel. El primero en bajarse es Farid, en el Marriott más caro de todos, se despide sin dar propina. Luego se baja la pareja de suizos. Luego los señores colombianos. Casi de últimos, en un bellísimo hotel frente al mar, se bajan la señora chilena y su esposo. Jack sólo abre la boca una vez más, antes de dejarme en el hotel cuando pasamos por una calle secundaria no muy lejos de la playa, bordeada por cafés y galerías y pintada con murales, que no tiene nombre y no sale en ninguna guía. Dice: “este es mi lugar favorito, si pudiera pagarlo, viviría aquí”.

west side story

25 /9 /09

* Me gusta todo. Me gusta el peso de las nubes en el monte del diablo, al otro lado de la bahía, apenas visible desde la mesa de la cocina. En las tardes de calor la autopista suena más alto porque están abiertas todas las ventanas. Paso demasiado tiempo aquí sentada en silencio, con esas flores secas que tienen más de un año, viendo la pared despellejada por la ventana, y los techos de los demás, las puertas, las ventanas sin cortinas por donde se ve que tienen niños, y mal gusto para los cuadros, y que nunca podremos ser amigos.

* En la esquina de la veinticuatro y shotwell se empiezan a congregar familia y compadres: parece que los postes de luz de ciertas esquinas se están convirtiendo en altares improvisados para conmemorar al que una bala encontró mal parado, ahí mismo, hace una o dos noches. Candelas largas en vasos de vidrio, estampitas de la virgen de guadalupe, flores de verdad y de papel, ositos de peluche, lazos blancos engrapados a la infraestructura pública, ahí donde un balde de agua con jabón ya se ha llevado la mancha de sangre. Para vigilar la vigilia, un camión blindado de la policía se parquea a una distancia más o menos respetuosa.

* Se me hace difícil escribir acá porque me estoy esforzando muchísimo, con terquedad, en escribir historias para contarlas en voz alta, en frente de otra gente. Escribir para un público en vivo, aunque sean mis compañeros de clase, es muy duro y mucho más en un idioma en el que mis capacidades son bastante limitadas. Además, escribir historias en las que “pasan cosas” o que contienen diálogo, me parece intenso y doloroso, pero buen ejercicio después de todo. Aquí hay una. Algún día cuando me despierte sin vergüenza y con tendencias autodestructivas, les contaré una haciendo gala de mis excesivos movimientos de manos y mi acento terrorífico, en audio o en video.