on the road again

21 /6 /10


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Desde que vivo en este país se me han intensificado varias de las fobias más molestas. Por ejemplo, me da miedo volar en avión, mucho más del que me daba antes. Más recientemente me aterroriza conducir por las autopistas, así que dejé de hacerlo del todo. Para tristeza del cowboy, ahora también me da miedo ir en el asiento del copiloto, y cada viaje lo paso dando saltos, pegando gritos, y agarrándome del asiento como si fuera en una montaña rusa. Aún así decidí hacer este largo viaje por tierra, con el cowboy y nuestros amigos Mike y Matt, no sólo corriendo el riesgo del aburrimiento sino temiendo por mi vida cada minuto.

Día 1

Cuando se sale de California empieza a cambiar la configuración geográfica y social de la comodidad. Las curvas de la carretera y los picos nevados hacia el Este lo llevan a uno a Nevada, donde las apuestas y la prostitución son legales. Uno sabe que va a entrando porque aparecen casinos al lado de la carretera, y en las gasolineras hay maquinitas tragamonedas. También hay pequeños centros comerciales donde languidecen dos restaurantes de comida rápida y un local con un gran rótulo de neón que dice “Girls, Girls Girls.” Si ha de ser triste ser bailarina de night club, ha de serlo aún más en el turno del día, en medio de la nada, en un local que podría ser un Taco Bell.

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sobrevivir el día

20 /6 /10

Mi primer artículo temático para Los Superdemokráticos, sobre las sorpresas de la historia.

Ser inmigrante es tener dos historias. Y teniendo más de una, se conoce que cada historia se compone de más o menos los mismos ingredientes: hechos comprobados, aspiraciones grandiosas, vergüenzas pueblerinas y orgullos mal encaminados. Y ante la duda, no falta un puño cerrado para mantenerlo todo vigente. La historia es la mitología que la gente necesita para sobrevivir hasta el final del día.

Para leerlo todo hay que ir aquí.

time on my hands

16 /6 /10

* Estos días me despierto preparada para el café y el zumbido de las vuvuzelas. “Qué tienen los países en desarrollo en contra del silencio y la paz?” me pregunta un amigo. No sé. El silencio deja demasiado espacio en la cabeza para las actividades reflexivas, y se puede hacer dolorosamente evidente que la vida es una mierda. Por eso cuando uno se hospeda en un hotel en la República Dominicana le dicen: “le tocó una habitación bien buena, al lado de la discoteca”. Sentada en el mismo sillón del desempleo que Luis, veo todos los partidos que puedo. Ver ESPN es como tragarse una sobredosis de Valeriana. Prefiero Univisión, donde los comentaristas son machistas, racistas, sabelotodo. Me siento como en casa.

* En mi sueños, el Cowboy y yo somos butch cassidy and the sundance kid. Pasamos todo el tiempo juntos, huyendo a caballo por esos larguísimos paisajes del oeste, planeando el próxmo golpe y viendo hacia el horizonte. O somos amantes que han huído y flotamos en la tarde sobre el Bósforo en un barco de madera, antes de abordar el Expreso de Oriente. En la realidad pasaremos tres días de ida, cuatro días de trabajo, y tres días de vuelta en la claustrofobia del auto familiar, pero por lo menos estará su mano al alcance de la mía. Les enviaré postales desde la nada.

* El mencionado desempleo y el mencionado silencio me dejan demasiado tiempo para mirarme el ombligo, cocinar cosas raras y correr como una desesperada. Trabajar en cosas que no me pagan. Pensar en mi cuerpo, que ahora sólo tiene dos estados: señora gordita, o boxeadora peso Welter (flaca no existe, esa posibilidad desapareció por ahí de los 26 años). Pensar en sexo: le he aconsejado a mis amigas solteras que se acuesten con todos los que quieran, sin muchos miramientos, porque todo eso al final no importa. Pensar en la muerte, que sólo es cuestión de cuándo y donde. Ver fútbol, mirar con nerviosismo el estado de la cuenta bancaria, sentarse en la máquina y no escribir nada.

un misterioso lugar latinoamericano

14 /6 /10

los superdemokraticos

Durante cuatro meses o algo así estaré participando con otros autores en el proyecto Los Superdemokraticos. Me he pasado el día leyendo los textos de los otros autores y merodeando por sus blogs en Español.

También, como parte del proyecto, el periódico Freitag publicó un especial con textos de varios de los participantes. El mío está aquí, pero no entiendo ni papa. Sin embargo se ve bonito e importante, no? Jojojo.

El texto original, en Español, después del salto.
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sulk

6 /6 /10

* Dentro de unas cuantas semanas empacaremos y nos iremos por tierra hasta Detroit. Pienso en la ruta de Kerouac en reversa, y me horrorizo. Sospecho que si fuéramos hacia el Sur en vez del Este, la misma distancia me permitiría llegar por tierra a Managua. El road-trip es una idea tan norteamericana que me genera algunos anticuerpos: solo en estos países enormes se puede manejar distancias infinitas y no terminar en otro mundo. Uno se tira cuatro días de carretera y cuando llega, las gasolineras son las mismas, el mismo Denny’s con el mismo café ralo, la misma vaina en un cuadrito geográfico después del otro, con unas cuantas diferencias dialectales. Si todo sale bien tomaré muchas fotos, muchas notas, y pondré el pie en lugares como Utah, Iowa y Wyoming.

* Leo los poemas de Anne Sexton, todos menos los que tiró a la basura. Como galletas de gengibre, caramelos de gengibre, ron con cerveza de gengibre. Veo películas de naves espaciales. A veces veo las noticias y para aguantar las náuseas, mastico gengibre. Escribo, pero las cosas salen furiosas. Necesito dormir profundamente sin apretar las mandíbulas, sin soñar con pájaros negros.

* El otro día alguien me ofreció un cigarrillo y lo rechacé como si nunca hubiera fumado. Me encanta pensar que hace años que no fumo, pero es mentira. Un par de veces al año todavía lo hago: fumo cuando salimos de un bar y estamos en la calle, y alguien más está fumando, y estamos en Brooklyn o en the Mission, y la luz cae de cierta forma y quizás ha llovido, y todavía parece que somos jóvenes y se oye la música del bar pero ahogada por una puerta que conocemos mejor por dentro. Se tienen que juntar muchas cosas para que funcione. Al menos con el tabaco, no sé cómo dejé de ser una adicta pero lo logré.

who loves the sun

16 /5 /10

* A todo se acostumbra uno. A las almendras, a la leche de almendras (si, si tienen tetas), a la alarma marítima que suena cada martes a medio dia, a vivir cerca del mar en general, el aire helado y la luz decorativa del hemisferio norte. A dormir a solas pensando en los ruidos temibles que hace esta montaña. A caminar cuesta abajo empujada por el viento, con un vasito de papel en la mano que va lleno de café pero podría ser el sol.

* Hoy fui a un partido de beisbol, porque es esa época del año otra vez. Ir al estadio es como tener una sala enorme llena de amigos ebrios y ridículos que tienen niños, bailan, se disfrazan, se mandan a la mierda y comentan el partido en todos los idiomas mientras toman cerveza de nueve dólares. Todo el mundo se ocupa de hacer predicciones imposibles. De vez en cuando el viento trae un poquito del olor del mar, y hay un double play y salimos a batear y suena el reguetón y una chica grita en español “Vamo paaapi!” y mi amigo Daniel me explica los numeritos en la pantalla. Y de vez en cuando hasta ganamos.

* No escribo más no sólo porque no tengo tiempo, sino porque me da verguenza. Qué locura. Habiendo gente que escribe tan horrible y sin reparos, que tienen el dudoso mérito de escribir a pesar de todo. Bien podría yo unirme a las filas de quienes escriben una novelita sobre dragones o vampiros o lo que sea que esté de moda, quizás uno de esos libros de cómo vivir, comer yogurt, cagar con regularidad y ponerse cuello en V para disimular la papada, o mejor: de cómo escribir. Demostrar mi horrendo desdén por el mundo, atacándolo directamente. Total?

street spirit

28 /4 /10

Ahí está la ciudad de Los Ángeles, viéndola desde el avión es plana como una tortilla, entre el mar y el desierto. El hecho de que sea plana la hace un poco más violenta a la vista, y en el verano me imagino que más aplastada por el sol. Hoy la temperatura es maravillosa, la luz es perfecta, un día para rodar las escenas de exteriores de las teleseries apropiadas para toda la familia. Haber salido de mi cama a las 4am después de 18 horas de haber regresado de otro viaje comienza a parecer una idea menos mala.

Los barrios de reputación étnica y social cuestionable aparecen grises en la guía turística. No man’s land. South Central, Compton, East LA. Al cabo que ni quería. Es imposible moverse sin auto, me dice el universo al unísono. No importa, esta vez el cowboy como parte de la campaña de convencimiento para que lo acompañe nos ha hospedado en un hotel bellísimo en el downtown, que por gracia de las caprichosas mareas demográficas y culturales de las ciudades, se ha vuelto un lugar de moda. Siendo así, decidí que el primer día me movería en un radio limitado a velocidad crucero.

Lo primero que hice fue ir a la biblioteca central, y fue una buena decisión. En la biblioteca tuvieron la amabilidad de crear un tour auto-guiado impreso en dos hojitas con grapa, que lo lleva a uno a ver los murales, la maravillosa sección infantil, el domo donde flota la tierra iluminada por 48 luces, una exhibición de los materiales valiosos entre los que se encuentra una colección de afiches de películas viejas, revistas del corazón y tarjetas postales, fotografías y autógrafos de los famosos. Al lado del atrio está la sección de arte y entretenimiento, donde me pasé al menos una hora revisando la encantadora colección de cine y un libro muy serio que lo instruye a uno en cómo convertirse en payaso. Si yo no tuviera hogar haría lo mismo que los desclasados locales, quienes se la pasan merodeando por la biblioteca: un lugar cálido, lleno de sillas cómodas, baños limpios y felicidad gratis.

Después de la biblioteca me fui a deambular por ahí. Vi como grababan varias escenas de una película de adolescentes. Vi un mercadito de mediodía en un parque donde los asalariados almuerzan tacos y frutas. Comí en un Deli antiquísimo, en un callejón Italiano perdido entre el caos identitario del distrito de la moda. Caminé por una infinidad de tiendas y puestitos ofreciendo exactamente la misma prenda de ropa hecha en china, multiplicada por cien mil millones: jeans de diez dólares de los que tienen piedritas brillantes en el culo (que son los que aparentemente nos gustan a las latinas), camisetas que imitan cosas que ya eran abominables para empezar, cuero que nunca tuvo un nexo con el reino animal, ropa exterior imposible de distinguir de la interior. Me encantó, pero como suele suceder en esas ocasiones, salí deshidratada por la abundancia.

Me metí en un café a terminar de escribir esto. El centro financiero de Los Ángeles se empieza a quedar vacío. Quedan los que trabajan tarde, los que salen desesperados a tomar alcohol después de trabajar, y los habitantes transitorios de los hoteles. Los restaurantes comienzan a cerrar y se levanta un rumor terrible, un zumbido apocalíptico, el ronroneo colectivo de cientos de miles de automóviles que van en una masa compacta y parsimoniosa, llevando a la gente a su casa.

with white elephants

26 /4 /10

* Estar en Canadá es totalmente diferente a estar en los Estados Unidos, pero dudo que pueda explicar la diferencia con amplitud. Nada más me imagino un silencio fundamental entre un país y el otro, una calma importante, como el ruido que hace la nieve en los lugares donde cae por meses.

* He caminado poco por la ciudad en Toronto, más bien he estado refugiada en una casa vieja y hermosa donde hay ratones y suenan todas las tablas del piso, en un barrio Polaco donde las señoras me ofrecen repostería como si fueran mis tías. Tomo café expreso, voy al parque a ver los cerezos japoneses en flor, paseo un perro ajeno, pienso en el pasado a ratitos. Esta ciudad me gusta, pero no es mi ciudad.

* Roberto dice que ser un blogger respetable es como tratar de ser un payaso sexy. Yo pienso que tratar de traer las viejas marcas de la respetabilidad editorial a Internet es como andar vestidos con bastón, sombrero y crinolina: bonito, nostáigico, elegante, pero en últimas medio inútil y a mediano plazo, destinado al fracaso. La entrevista old-fashion que Roberto le hace a la Ministra de Salud en Costa Rica para Paquidermo, está muy buena.

out of step

16 /4 /10

Mi consejo de anciana de la tribu es que no abandonen la puta tesis. Que la hagan en los períodos establecidos por las autoridades administrativas correspondientes. Que la escupan mientras todavía son estudiantes, mientras tienen hambre, mientras no están distraídos por la desafortunada necesidad de pagar la hipoteca, mientras todavía tienen los escrúpulos cortos y pueden hacer copy-paste de párrafos enteros, mientras nadie los quiere, mientras se acuerdan de los nombres de los tipos que van a tener que citar. Escribir la tesis es una actividad incompatible con cualquier otro propósito en la vida: no se puede comer normalmente, no se puede escribir en el blog, no se puede tener una opinión sobre la brutalidad policial o eclesiástica, no se puede quedar discapacitada por el alcohol durante 24 horas (o si se puede, pero no contribuye). La miseria se multiplica por año: 5 años de atraso, 5 veces más difícil bajar cada dedo sobre cada tecla, con el peso de la experiencia de primera mano de lo que significa el fracaso personal. Por eso, gente, es ahora o nunca. Yo debí haberme quedado con el nunca.

María Digna Rojas Rojas

6 /4 /10

El Sábado pasado sonó el teléfono y mi papá me dijo con su voz de las malas noticias que mi abuela materna había muerto hacía unos minutos. Lo sabía desde el aló. Al pobre esa voz de los anuncios horribles se le ha vuelto inconfundible.

La última vez que vi a la abuela fue durante la celebración de año nuevo. Tenía puesta una peluca rosada y una boa de plumas de los colores del arcoiris. Me pidió un margarita con poquito tequila, y bailó en el carnaval que improvisamos las tías y las primas, con su bailecito de silla de ruedas en la que se convirtió una experta desde que le amputaron una pierna a los 49 años de edad. Se fue a dormir cantando “adióooos, cabareteeeera” y haciendo adiós con la mano en alto.

Lloré en el teléfono, lloré en la computadora buscando un tiquete, lloré empacando, lloré de camino al aeropuerto, lloré en el aeropuerto, en el avión de toda la noche, y en otro aeropuerto vacío de madrugada. Lloré entre gringos que salían de vacaciones, frente al señor de migración que me dijo “bienvenida mi amor”, y eso sólo era el principio: luego estaba mi hermano, el carro, la misa, el funeral. Lloré tanto que agoté mis reservas y no volví a llorar hasta que fue hora de regresar a casa.

Mi hermana y yo nos sentamos en el fondo de la iglesia, dándonos la mano. El padre aprovechó para hacer en combo la misa de mi abuela y la del domingo de ramos. Habló de ella como tema secundario porque la Semana Santa era más importante, lo cuál todo el país se cuidó de recordarnos durante los siguientes días. Cuando pasó la canasta del diezmo me levanté y dije para que me oyera cualquiera: este es el momento en que no le damos ni un cinco a la iglesia católica. Salimos a quemarnos las caras con el sol de la tarde.

Mi abuela nació en Juan Viñas, cuando mi bisabuela trabajaba en el Ingenio azucarero cosiendo sacos. El papá de mi abuelita sería el primero de una lista de hombres decepcionantes que marcarían nuestra historia colectiva, emprendiendo la pronta huida. Nos hizo falta papel para diagramar las complejas ramas de la familia que debió ser (apellido Bravo, como el del primo poeta), y la familia Blanco Rojas que al final fue, llena de abandonos, secretos y enredos. Esa terminamos siendo mi abuela, sus seis hijas y nosotros, un número considerable de nietos y bisnietos que a la fecha no puedo precisar. Mi otra abuelita entró a uno de los rezos de novenario le echó un vistazo a la concurrencia y me preguntó: “Y los hombres? Ya se fueron?”. Aprovechando la confusión le dije: “De esta familia, hace rato”.

Esa idea de juntarse nueve días a sobrellevar la muerte de alguien querido es una genialidad. Hay comida, fotos, chistes, historias, sólo faltó la música y el trago (que no hubo por culpa del estado confesional). El rosario es completamente absurdo pero con ritmo irresistible, digamos como una bachata. En este caso la rezadora al final hacía una oración “de su propia inspiración” que nunca falló en incluir algún insulto a los nicaraguenses, los homosexuales, los drogadictos, los evangélicos y otras criaturas que la mujer considera de la misma calaña. Yo oía todo desde adentro, sentada en la cama de mi abuelita viendo fotos con otros herejes de la familia, dándonos por aludidos y tratando de no soltar la carcajada. El día que le dio por rezar por el presidente de la república y los diputados hicimos un esfuerzo supremo, pero insuficiente.

Detrás de todo esto está la épica historia de miseria y violencia de la familia materna, la cuál fue más o menos repasada durante estos días por los sobrevivientes. Pero en esa historia la otra mitad suele ser improbable y feliz, llena de recuerdos absurdos, vestidos de colores, paseos, libros de cuentos, al menos 24 casas diferentes con sus escondites secretos, viajes en tren, días de sol y libertad, la casa en el árbol, la escuela y las calles de San José, todas juntas durmiendo en la misma cama. Me reí tanto esta semana que todavía me duelen los costados. La historia de mi abuela no es la mía, sino la de mi mamá y sus hermanas, y a mi no me toca contarla.

Regresé a mi casa el Domingo siguiente y volví a llorar a ratitos. Me pasa cuando pienso en ella cantando “píntame angelitos negros“, cuando veo los videos y las fotos, el mantelito de crochet que me tejió, el tarrito de crema que me daba todos los años para navidad, una tarjeta con su letrilla temblorosa. No solo me hace falta ella, sino que me hace falta esa familia que éramos, cuando creíamos genuinamente estar tan cerca de los otros y tan lejos de la muerte.