El Sábado pasado sonó el teléfono y mi papá me dijo con su voz de las malas noticias que mi abuela materna había muerto hacía unos minutos. Lo sabía desde el aló. Al pobre esa voz de los anuncios horribles se le ha vuelto inconfundible.
La última vez que vi a la abuela fue durante la celebración de año nuevo. Tenía puesta una peluca rosada y una boa de plumas de los colores del arcoiris. Me pidió un margarita con poquito tequila, y bailó en el carnaval que improvisamos las tías y las primas, con su bailecito de silla de ruedas en la que se convirtió una experta desde que le amputaron una pierna a los 49 años de edad. Se fue a dormir cantando “adióooos, cabareteeeera” y haciendo adiós con la mano en alto.
Lloré en el teléfono, lloré en la computadora buscando un tiquete, lloré empacando, lloré de camino al aeropuerto, lloré en el aeropuerto, en el avión de toda la noche, y en otro aeropuerto vacío de madrugada. Lloré entre gringos que salían de vacaciones, frente al señor de migración que me dijo “bienvenida mi amor”, y eso sólo era el principio: luego estaba mi hermano, el carro, la misa, el funeral. Lloré tanto que agoté mis reservas y no volví a llorar hasta que fue hora de regresar a casa.
Mi hermana y yo nos sentamos en el fondo de la iglesia, dándonos la mano. El padre aprovechó para hacer en combo la misa de mi abuela y la del domingo de ramos. Habló de ella como tema secundario porque la Semana Santa era más importante, lo cuál todo el país se cuidó de recordarnos durante los siguientes días. Cuando pasó la canasta del diezmo me levanté y dije para que me oyera cualquiera: este es el momento en que no le damos ni un cinco a la iglesia católica. Salimos a quemarnos las caras con el sol de la tarde.
Mi abuela nació en Juan Viñas, cuando mi bisabuela trabajaba en el Ingenio azucarero cosiendo sacos. El papá de mi abuelita sería el primero de una lista de hombres decepcionantes que marcarían nuestra historia colectiva, emprendiendo la pronta huida. Nos hizo falta papel para diagramar las complejas ramas de la familia que debió ser (apellido Bravo, como el del primo poeta), y la familia Blanco Rojas que al final fue, llena de abandonos, secretos y enredos. Esa terminamos siendo mi abuela, sus seis hijas y nosotros, un número considerable de nietos y bisnietos que a la fecha no puedo precisar. Mi otra abuelita entró a uno de los rezos de novenario le echó un vistazo a la concurrencia y me preguntó: “Y los hombres? Ya se fueron?”. Aprovechando la confusión le dije: “De esta familia, hace rato”.
Esa idea de juntarse nueve días a sobrellevar la muerte de alguien querido es una genialidad. Hay comida, fotos, chistes, historias, sólo faltó la música y el trago (que no hubo por culpa del estado confesional). El rosario es completamente absurdo pero con ritmo irresistible, digamos como una bachata. En este caso la rezadora al final hacía una oración “de su propia inspiración” que nunca falló en incluir algún insulto a los nicaraguenses, los homosexuales, los drogadictos, los evangélicos y otras criaturas que la mujer considera de la misma calaña. Yo oía todo desde adentro, sentada en la cama de mi abuelita viendo fotos con otros herejes de la familia, dándonos por aludidos y tratando de no soltar la carcajada. El día que le dio por rezar por el presidente de la república y los diputados hicimos un esfuerzo supremo, pero insuficiente.
Detrás de todo esto está la épica historia de miseria y violencia de la familia materna, la cuál fue más o menos repasada durante estos días por los sobrevivientes. Pero en esa historia la otra mitad suele ser improbable y feliz, llena de recuerdos absurdos, vestidos de colores, paseos, libros de cuentos, al menos 24 casas diferentes con sus escondites secretos, viajes en tren, días de sol y libertad, la casa en el árbol, la escuela y las calles de San José, todas juntas durmiendo en la misma cama. Me reí tanto esta semana que todavía me duelen los costados. La historia de mi abuela no es la mía, sino la de mi mamá y sus hermanas, y a mi no me toca contarla.
Regresé a mi casa el Domingo siguiente y volví a llorar a ratitos. Me pasa cuando pienso en ella cantando “píntame angelitos negros“, cuando veo los videos y las fotos, el mantelito de crochet que me tejió, el tarrito de crema que me daba todos los años para navidad, una tarjeta con su letrilla temblorosa. No solo me hace falta ella, sino que me hace falta esa familia que éramos, cuando creíamos genuinamente estar tan cerca de los otros y tan lejos de la muerte.