have love will travel
* El último día en San José fue complicado, como todos los últimos días. Llueve un poco, enorme la fila en el banco, no están las pastillas que necesito en la farmacia, todas esas cosas que terminan siendo como tener una roncha en la planta del pie. Me acaba de llamar un muchacho que lee este blog y que me conoció hace como quince años, y yo no me acuerdo. Esa época está borrada con mucho esfuerzo, y yo de verdad lo siento.
* El día del aeropuerto es transaccional. Hay oficinas y aduanas, y bandas transportadoras en las que se supone que hay que caminar más rápido pero siempre hay algún grupo de babosos que se queda parado. Hay comida pésima de siete dólares, tragos pésimos de siete dólares, libros pésimos de siete dólares, y sé dónde encontrarlos todos. Tengo ya años de hacer esto, de pasar por los pasillos de vidrio y las exhibiciones temporales de artistas locales. He pasado por un huracán y un temblor en un aeropuerto, he sido detenida por la inmigración canadiense y la policía mexicana, he perdido aviones y corrido con los zapatos en la mano para no perderlos. Estereotipo a la gente de acuerdo a su edad, etnia y configuración familiar para saber qué fila será la más rápida en migración y aduanas, aprecio agudamente el valor de canje de las millas en diferentes aerolíneas y sé elegir el punto perfecto para dormir en el suelo de una sala de abordaje, como George Clooney en esa película de la muchacha flaca. Ya no hay crisis aeroportuaria que me detenga, pero cada vez odio más la parte del avión.
* Vuelvo a casa, a mi plácida vida de una ama de casa que no limpia. Busco trabajo un rato en la mañana, y salgo a caminar por el barrio donde, en mi ausencia, han abierto un par de restaurantes y un par de cafés diminutos de esos que se llenan de inmediato de gente con laptop. Aquí está helando pero por suerte ya El Lunes me toca el siguiente avión, para Los Ángeles.
