on the road again


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Desde que vivo en este país se me han intensificado varias de las fobias más molestas. Por ejemplo, me da miedo volar en avión, mucho más del que me daba antes. Más recientemente me aterroriza conducir por las autopistas, así que dejé de hacerlo del todo. Para tristeza del cowboy, ahora también me da miedo ir en el asiento del copiloto, y cada viaje lo paso dando saltos, pegando gritos, y agarrándome del asiento como si fuera en una montaña rusa. Aún así decidí hacer este largo viaje por tierra, con el cowboy y nuestros amigos Mike y Matt, no sólo corriendo el riesgo del aburrimiento sino temiendo por mi vida cada minuto.

Día 1

Cuando se sale de California empieza a cambiar la configuración geográfica y social de la comodidad. Las curvas de la carretera y los picos nevados hacia el Este lo llevan a uno a Nevada, donde las apuestas y la prostitución son legales. Uno sabe que va a entrando porque aparecen casinos al lado de la carretera, y en las gasolineras hay maquinitas tragamonedas. También hay pequeños centros comerciales donde languidecen dos restaurantes de comida rápida y un local con un gran rótulo de neón que dice “Girls, Girls Girls.” Si ha de ser triste ser bailarina de night club, ha de serlo aún más en el turno del día, en medio de la nada, en un local que podría ser un Taco Bell.


En el camino vamos rotando los iPods. Me doy cuenta de que el punk me ha arruinado para siempre y todas las canciones de otros géneros se me hacen larguísimas. Me gustaría agarrar a casi todos los músicos y decirles: tienen un minuto para decir lo que tienen que decir: GO! Bob Dylan puede tomarse el tiempo que le de la gana.

Aparece el desierto. En la distancia se gestan grandes remolinos de arena. El camino es tan plano que se puede ver el futuro. Aquí no hay nada, y la nada bajo el sol parece agua. Hay una larga fila de containers alineados al lado de la carretera por millas y millas, pero qué contienen?. Elko, Nevada, parece un lugar bonito para vivir por unos días sin preocuparse de las cosas que pasan en latitudes remotas como digamos, Washington DC.

Traje varios audiobooks en mi iPod pero los voy pasando y todos se me hacen aburridísimos. Quizás el error más evidente es ponerme a escuchar Naked Lunch, e imaginarme a los junkies podridos por dentro, metiéndose agujas en los glóbulos oculares, mientras yo por la ventana no veo nada que me distraiga de la inminencia de la muerte.

Sin darme cuenta llegamos a Utah, el camino bordeado por grandes lagos de sal. Ya es de noche y vamos flotando a toda velocidad por la carretera negra. Ver por la ventana es como se debe sentir mirar hacia el espacio. Se nos acaba el primer día y nos tropezamos con un motelito barato, arrullado por los ruidos de la carretera y el aeropuerto. Duermo como si me hubiera salvado de un accidente mortal.

Día 2

El desayuno es una maravilla norteamericana, en un diner que parece pintado por Edward Hopper. Se acaba Utah y empieza Wyoming. Eventualmente paramos en la gasolinera de un pueblito bellísimo, que me imagino lleno de racismo y homofobia. La gasolinera es el centro social. Alguien cuenta para toda la concurrencia que salió a pescar y pescó tanto que tuvo que tirar algunos peces a la carretera para ver cómo los aplastaban los camiones. El público responde con carcajadas generalizadas. Mientras no nos saquen a tiros, pienso, estamos bien.

Las tarjetas turísticas me comprueban que la principal atracción del paisaje son las rocas. Formaciones de roca, rocas desperdigadas, rocas apiladas unas encima de las otras, y la cabeza gigante de Abraham Lincoln, hecha de rocas.

El segundo día se me pasó más rápido porque el paisaje transcurrió con menos incidentes, y porque me pasé riendo de un audiolibro de David Sedaris. Se acabó Wyoming y llegó Nebraska. Rodamos más, mucho más, por la autopista I-80. De vez en cuando cada uno de nosotros debe atender a sus vicios: Mike tiene que fumar, el cowboy tiene que limpiar el parabrisas, Matt tiene que estirar sus larguísimas piernas y yo tengo que mear.

Paramos muertos de hambre y cansancio en un pueblo llamado Ogallala. Encontramos un restaurante mexicano, lleno de familias con sus niños rubios y rosados, varios hoteles de bajo presupuesto, conexión a Internet, y una cama de la que yo no quería salir nunca más. Quería quedarme a vivir en Ogallala y trabajar en una granja de ganado vacuno, con tal de no tener que subirme al automóvil otra vez.

Día 3

Quizás es la privación, el ayuno o la desorientación geográfica, pero el café de McDonalds me sabe delicioso. Empezamos el día honrando la tradición estadounidense de comer en el auto. Este comportamiento le parece rarísimo a las personas de todas las otras nacionalidades, y una vez en Italia una señora pensó que yo estaba loca porque pretendía llevarme una taza de café para el camino.

El tercer día será una jornada larga. Las cosas se van poniendo un poco más verdes. Hay más planicies, más sistemas de riego, más vacas con sus vaquitas. Por la ventana pasa una caravana de autos clásicos, conducidos por sus dueños originales, quienes invirtieron en una maravilla mecánica en los años 50 y no pueden dejar ir esa década mágica de prosperidad y orden social.

Des Moines, Iowa. A lado de nuestro auto familiar pasa una grúa jalando un carro de esos que se despedazan en un circo, chocando contra otros para el deleite de toda la familia. Pasan camiones llevando algo que parece parte de una nave espacial, pero que luego identifico como las aspas gigantes de las turbinas de viento que ahora se levantan en las colinas. Colinas verdes, suaves, que han sido aradas por un peine gigante.

En Iowa aparecen pequeñas granjas donde uno se imagina a toda la familia en botas de hule, dándole de comer a los cerdos, haciéndose sombra con la mano en la frente pensando en si irá a llover. Uno sabe que probablemente eso ya no existe y para comprobarlo, pasan los trenes eternos cargando el maíz y la soya de Archer Daniles Midland.

Mi paciencia es una película fina que va quedando embarrada en la carretera. A la mitad del día ya no quiero ver ni una sóla vaquita, ni una sola granja, ni una sola iglesia de madera, ni un sólo pueblito abandonado en el siglo 19. Decido ver para el cielo. Los que vivimos rodeados de montañas toda la vida nunca hemos visto un cielo tan enorme como este. Es otro cielo donde la posibilidad de que exista dios y los ángeles no parece tan descabellada.

Por suerte se acaba Iowa y casi inmediatamente aparece el río Mississippi, enorme, brillante, todopoderoso. Quedo paralizada y no puedo tomar la foto. Es una visión milagrosa, una revelación que dura unos segundos. El resto del camino puedo soñar con montarme a un barco de vapor y llegar algún día al Delta, a bailar en la noche húmeda de New Orleans en un vestido blanco.

Del otro lado del río ya es otro mundo. En Illinois hace calor, hay canales y mosquitos. Los árboles y los ruidos son como de la selva. Se me parece a la patria. El cowboy piensa lo mismo. Sin embargo uno sabe que ya está en la civilización porque vuelve a haber señal de Internet en el teléfono y hay sandwiches vegetarianos en los restaurantes.

Se hace de noche. Los campos se llenan de luciérnagas. Llegamos a Indiana, y más o menos una hora después llega la esperada frontera con Michigan. A este punto no se ve un carajo en la carretera, todos vamos dormidos incluyendo a Mike, el conductor. Es la media noche y faltan aún tres o cuatro horas, pero son las finales. Se le acaba la batería a todos los teléfonos y a todos los iPods y a todas las laptops, sólo queda el camino ansioso, el silencio. En estas horas finales, la carretera en construcción, todo oscuro y en peligro, pienso que sería absurdo morirme en este momento. Llegamos a Detroit todos completos, a las cuatro de la mañana.

4 respuestas to “on the road again”

  1. Silvia Piranesi dice:

    quiero más

  2. karla dice:

    te sigo.

  3. Jen dice:

    “el punk me ha arruinado para siempre y todas las canciones de otros géneros se me hacen larguísimas”
    uff lo amé! ♥

  4. Roberto Echeverría Cárdenas dice:

    me imagino el putero como el de tony soprano.

    espero las fotos, las postales, los detalles macabros.

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