street spirit
Ahí está la ciudad de Los Ángeles, viéndola desde el avión es plana como una tortilla, entre el mar y el desierto. El hecho de que sea plana la hace un poco más violenta a la vista, y en el verano me imagino que más aplastada por el sol. Hoy la temperatura es maravillosa, la luz es perfecta, un día para rodar las escenas de exteriores de las teleseries apropiadas para toda la familia. Haber salido de mi cama a las 4am después de 18 horas de haber regresado de otro viaje comienza a parecer una idea menos mala.
Los barrios de reputación étnica y social cuestionable aparecen grises en la guía turística. No man’s land. South Central, Compton, East LA. Al cabo que ni quería. Es imposible moverse sin auto, me dice el universo al unísono. No importa, esta vez el cowboy como parte de la campaña de convencimiento para que lo acompañe nos ha hospedado en un hotel bellísimo en el downtown, que por gracia de las caprichosas mareas demográficas y culturales de las ciudades, se ha vuelto un lugar de moda. Siendo así, decidí que el primer día me movería en un radio limitado a velocidad crucero.
Lo primero que hice fue ir a la biblioteca central, y fue una buena decisión. En la biblioteca tuvieron la amabilidad de crear un tour auto-guiado impreso en dos hojitas con grapa, que lo lleva a uno a ver los murales, la maravillosa sección infantil, el domo donde flota la tierra iluminada por 48 luces, una exhibición de los materiales valiosos entre los que se encuentra una colección de afiches de películas viejas, revistas del corazón y tarjetas postales, fotografías y autógrafos de los famosos. Al lado del atrio está la sección de arte y entretenimiento, donde me pasé al menos una hora revisando la encantadora colección de cine y un libro muy serio que lo instruye a uno en cómo convertirse en payaso. Si yo no tuviera hogar haría lo mismo que los desclasados locales, quienes se la pasan merodeando por la biblioteca: un lugar cálido, lleno de sillas cómodas, baños limpios y felicidad gratis.
Después de la biblioteca me fui a deambular por ahí. Vi como grababan varias escenas de una película de adolescentes. Vi un mercadito de mediodía en un parque donde los asalariados almuerzan tacos y frutas. Comí en un Deli antiquísimo, en un callejón Italiano perdido entre el caos identitario del distrito de la moda. Caminé por una infinidad de tiendas y puestitos ofreciendo exactamente la misma prenda de ropa hecha en china, multiplicada por cien mil millones: jeans de diez dólares de los que tienen piedritas brillantes en el culo (que son los que aparentemente nos gustan a las latinas), camisetas que imitan cosas que ya eran abominables para empezar, cuero que nunca tuvo un nexo con el reino animal, ropa exterior imposible de distinguir de la interior. Me encantó, pero como suele suceder en esas ocasiones, salí deshidratada por la abundancia.
Me metí en un café a terminar de escribir esto. El centro financiero de Los Ángeles se empieza a quedar vacío. Quedan los que trabajan tarde, los que salen desesperados a tomar alcohol después de trabajar, y los habitantes transitorios de los hoteles. Los restaurantes comienzan a cerrar y se levanta un rumor terrible, un zumbido apocalíptico, el ronroneo colectivo de cientos de miles de automóviles que van en una masa compacta y parsimoniosa, llevando a la gente a su casa.

April 28th, 2010 at 5:16 pm
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April 29th, 2010 at 8:51 am
<3
April 30th, 2010 at 11:38 am
Algo de andar una piedra en el culo no suena bien.
April 30th, 2010 at 9:40 pm
el centro de los ángeles antes no era nada más que 21 rascacielos con el primer piso abandonado. y se puso de moda. atevos.