subterranean homesick alien
* En esta ciudad, los habitantes tienen la saludable costumbre de bañarse juntos. Sobre todo los viejitos, llegan solitos o en grupos de amigos a un edificio que parece un palacio, pagan en unas ventanillas que son iguales desde hace cien años, y se sumergen en el agua caliente a jugar ajedrez acuático mientras alivian el dolor de sus cuerpos desgastados. Hay piscinas calientes, piscinas tibias y piscinas frías, piscinas internas y piscinas al aire libre. Hoy es un Domingo de otoño y las piletas son una sopa humeante de familias, vecinos, grupos de adolescentes que aprovechan para verse en bikini, parejas de esposos que se hacen masajes, turistas y alguno que otro solitario, leyendo un libro tratando de no mojarlo. Debajo de esta agua y al lado de esta gente translúcida, mi piel se ve aún más oscura, mis brazos flotando levantados por los minerales. Hoy se me acaba el tiempo aquí, adonde llueven hojas amarillas.
* Aprovecho un momento de silencio y buena conexión para llamar a mi madre. Ella está en el salón de belleza, allá al otro lado del mundo, mientras le hacen las uñas está tratando de imaginarse el Danubio y el subterráneo hecho en 1896. Dice que las cosas que contenía mi antiguo apartamento han sido distribuidas ahora sí totalmente entre diferentes casas, y que ahora un miembro de la familia agarra un cuchillo con filo, o ve una sábana extraña, o abre un libro en portugués, o se sienta al lado de una mesita de vidrio, y se acuerda de mi. Lloré un poquito pero creo que no se dio cuenta.
* Cada vez que regreso a casa después de un viaje revelador y misterioso como este, me propongo disfrutar más de mi ciudad. En San Francisco también tenemos cafés, parques, baños japoneses, una casa de la ópera, pequeños festivales de cine, helados de aceite de oliva, gente que pasea cabras por los parques urbanos. Pero como no soy turista, no me doy permiso para disfrutar esas cosas que me gustan tanto: les veo detrás todas las patologías sociales, toda la exclusión y las pretensiones que traen asociadas, las pienso tanto que se les quita la gracia. Ser un visitante es fantástico porque uno no tiene contexto, lo ve todo en un vacío y en el poco tiempo que tiene no puede entender las complejidades culturales y económicas de las cosas que a primera vista son maravillosas, entonces las disfruta en la placentera ignorancia. Quisiera volver a ver la ciudad con los ojos que tuve para ella la primera semana, cuando todo era futuro.

November 1st, 2009 at 1:21 pm
suscribo el último párrafo completo. Añoro esa inocencia de turista, la primicia.
November 1st, 2009 at 9:30 pm
Si podés.
Es cosas de solo ver. Sentir.
Soltar un poco la cabeza , la información, lo aprendido.
SER, dejarse llevar.
November 1st, 2009 at 11:16 pm
i live in a town
where you can’t smell a thing ♫
November 2nd, 2009 at 8:44 am
si se pudiera recuperar esa mirada, perdería la gracia primera. sería como vivir dos veces lo mismo. mejor dicho, es imposible. pero tampoco es tan dramático, tenemos una buena lista de alternativas para tapar nuestra condición.
tengo la sospecha de que una salida es encotrarle el lado bueno a la repetición. claro, la repetición en las manos equivocadas se convierte en adicción. sospecha equivocada.