islands
* En Rhode Island nadie vive a más de 30 minutos de la costa y todos hacen un cálculo que factoriza el número de turistas a cada hora, la altura del verano, las condiciones atmosféricas y el precio de la gasolina. Todo esto determina la hora óptima para salir a la playa, que por supuesto termina siendo para todos más o menos la misma. Pero quejarse del tráfico y de las multitudes es parte de la vida del verano, en un lugar donde todas las otras estaciones transcurren más bien como un largo silencio incómodo. Con el sol se levanta un vapor que se puede atrapar entre las manos como una bola, las garrapatas se adhieren sedientas a los dedos de los turistas, la humedad rueda por las paredes coloniales y la gente opera en un consumo indiscriminado de limonada ultra-dulce, que es para mi lo que alborota y le da superpoderes a los furiosos mosquitos. En la sociología del pueblo pequeño se va insertando año tras año lo nuevo (la taquería, el estudio de yoga, el restaurante vegano), y se va deslizando entre los leves resentimientos del bar irlandés, el taller de autopartes, la barra de formica habitada por estudiantes pobres.
* Alejados de la gente común y corriente y aún mucho más lejos en el imaginario social y económico, están los lugares que se llaman Cape Cod, Martha’s Vineyard y Nantucket, donde va la gente que usa la palabra “summer” como un verbo. I summer, you summer, we summer, y los que trabajan limpiando los botes, regando los campos de golf y sirviendo en las cafeterías no sé que harán, pero lo harán desde lugares que tienen nombres como Woonsocket o Pawtucket donde no hay aire acondicionado y donde no va la familia del presidente a veranear.
* En Boston la madre del cowboy y yo vamos viendo por las ventanas opuestas del carro. Cerca de Harvard Yard me señala un edificio diseñado por Le Corbusier. A finales de los sesenta ella se sentaba ahí a esperar en el auto, afuera de una puerta que da al sótano, para que saliera mi suegro de su oficina con su barba de profesor de literatura. Me va contando del otoño que un coctél de camarones precipitó el parto de su segundo hijo, y de la vez que una fiesta de año nuevo se tomó demasiados whisky sours en aquella casa. Yo le pido permiso para fantasear con una vida académica mezclada con un episodio de Mad Men. Ella me recuerda que en esa fantasía tendría que evitar las evidentísimas dificultades de ser jóvenes, pobres y discriminados por ser sureños. Lo que no me menciona, pero yo adivino, es que tendría que recordar además que aún en el escenario más favorable, a alguien le toca ser la mujer.

August 25th, 2009 at 7:27 am
:) <3
August 26th, 2009 at 1:31 am
mmm… una clam chowder soup con samuel adams.