becoming the bull

Por alguna razón que aún no me logro explicar, Canal 7 de Costa Rica decidió que iba a poner de moda las montas de toros, desatando una reacción que ha llevado espiritualmente a gran parte del país de vuelta a la cálida comodidad de algún pueblillo del siglo veinte. A mi eso me parece turísticamente provechoso. La superioridad moral aquí reside en que en Costa Rica no se “matan” toros, sino que nada más alguien los monta durante unos segundos antes de dar la cara contra el suelo, y luego los animales son acosados por cientos de individuos en diversos estados de ebriedad que deambulan por dentro del ruedo.

Suena bastante aburrido y durante toda mi vida he pensado que lo es, tanto como es inútil tratar de defender ante alguien los sentimientos del toro, porque en esa discusión casi todo el país va con Hemingway. Aún así me senté a ver la transmisión estelar de las corridas en Liberia con mi hermano, a quien le encantan.

Yo no tengo nada en particular en contra o a favor de los toros, normalmente son otra de esas cientos de animales que se apelotan en la columna de “ignorar”, como las avestruces o los cerdos. Tampoco tengo nada particularmente en contra o a favor de la gente que decide montarse encima de un animal de 400 kilos, o que decide por razones personales ponérsele en frente. Como la mayoría del público con ansias darwinistas yo no cuestiono sus motivos y me conformo con las condiciones dadas, en las que una combinación de lo extraordinario-posible a menudo resulta en una pezuña aplastándole las tripas a alguien o un cuerno atravesando un músculo largo.

En el caso de las corridas de Liberia lo otro que podría pasar es que se venga abajo esa baranda de palos desnudos, de la que en su momento están suspendidas unas quinientas personas de todas las edades, levantando el culo cuando pasa el animal. Mi hermano menciona algo sobre los trenes en Bangladesh y me asegura que probablemente un colapso parcial solo crearía confusión por unos 3 minutos antes de seguir con el espectáculo. Ajena a mis temores de seguridad pública, la baranda aguanta a sus ciudadanos.

El sobrepoblado perímetro del ruedo es una nube de polvo en la que las cámaras luchan por enseñar algo con claridad. La dificultad para ver cualquier cosa aumenta gracias a una constante lluvia de todo tipo de basura que el público aporta desde las gradas. Los camarógrafos hacen un trabajo admirable ordenando visualmente algo que en vivo es una instancia del caos.

En todo caso el muchacho se sube al toro tras una preparación que en TV parece eterna, comparada con lo que sigue después. El toro trata de librarse de su carga asustada y lo logra en pocos segundos. El montador se esfuerza por levantarse y declarar su estado de salud. En el mejor de los casos, con la energía residual el toro corretea y a veces logra echar al suelo a uno o dos tipos más. La muchedumbre desinformada del protocolo de descarte de lesión de columna procede a zangolotear en el aire al caído y a meterlo por un agujero para que los cruzrojistas, con el trabajo más predecible del país, le echen un ojo. A veces no pasa ni eso.

Todo se repite de forma casi idéntica mientras entre la multitud adentro del ruedo se logra ver a un hombre con muletas (usándolas para joder al toro), varios vendedores cargando baldes y hieleras, adolescentes flaquillos tirándole patadas voladoras al animal, muchachotes sin camisa, una que otra mujer, y un tipo que cierra sin necesidad la puerta detrás del toro, retirado por los lazos, para hacerse partícipe del triunfo.

Todo esto ha logrado capturar una generosa porción del noticiero del canal durante las dos semanas que he estado en el país. Todos los días hay notas audaces sobre la valentía y las tribulaciones de los montadores y los toros, que acompañan una serie completa sobre policías haciendo acrobacias e intervenciones dramáticas contra el crimen, algunas notas curiosas sobre mujeres que hacen trabajos “de hombre” y una investigación detallada sobre un pobre ermitaño que vive (con toda razón) en las afueras de un pueblo, alejado de la gente temerosa de dios.

8 respuestas to “becoming the bull”

  1. furia dice:

    Todo un cuadro de costumbres :)

  2. beto dice:

    Vele el lado positivo: Al menos no estás viendo en tele un puño de caras agrias y encorbatadas hablando de un stimulus package plan y otras sandeces así por el estilo. Nuestra naturaleza nos impide tomarnos la vida en serio como deberíamos, y por eso es que el Chirriche y el Malacrianza llegan a ser superestrellas de culto en nuestro vergelbellodearomasyflores.

    Un texto digno de Monsiváis y Los Rituales del Caos – si hubiera sido tico.

  3. itz dice:

    TODO es el lado positivo. a mi me parece perfecto!

  4. C. dice:

    Buenísimo :D Me he reído con esta lectura, que a la vez, me deja pensando lo parecido de nuestro mundo con el de Guy Montag o con el del Salvaje y Bernard, por ejemplo… Qué sigue ahoraq? Que no se puedan fotocopiar libros? Ah no, eso ya!

    Saludos :)

  5. tetrabrik dice:

    somos un pueblillo. para bien y para mal.

  6. Julia dice:

    Diay sí….

  7. jose dice:

    Somos realmente folclóricos!! Lo más interesante es por qué la susodicha televisora, de un momento a otro, se le ocurrió cubrir tan importante evento con un despliegue tecnológico de tal magnitud. Falta de gente que la vea? Demostrar que ellos “sin son ticos”? Sacarle la lengua a la competencia? Estar siempre con usted, aunque sea a través de un toro? No sé, pero eso no quita que sigamos siendo bien folcóricos.

  8. BlackBetty dice:

    Mi problema es que siempre voy de parte del toro, y queda super feo alegrarse cuando pilla a alguien…

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