clash city rockers
Nos bajamos del tren confundidos con anticipación porque nadie nunca nos pidió el tiquete y por lo tanto, llegamos a la ciudad sin pagar, con nueve horas de desfase y con cara de delincuentes. A los veinte minutos dando vueltas con las maletas a cuestas, tratando de encontrar la parada del bus 6A, concluimos que Copenhague se parece mucho a Amsterdam sin inmigrantes, y aunque los nativos tengan buenas intenciones aparentemente ninguno sabe un carajo de las paradas de buses. Más tarde confirmaría mis sospechas de que a los inmigrantes aquí los echan de dos formas: primero, porque ni la izquierda les tiene ni un poquito de amor político a pesar de que el índice de desempleo está entrando a los números negativos, y segundo, porque nadie en sus cinco sentidos emigra a un país donde lo ven con desconfianza y encima le cobran un 70% de sus ingresos en impuestos.
Los choferes de buses, aquí como en todas partes del mundo, manejan como bestias. Muchos edificios tienen fachadas planas y relativamente sin gracia. Basta empujar la puerta (siempre abierta) para entrar a los patios internos, verdes y rojos en el otoño, de una ciudad a la que por suerte y por rendirse rápidamente, no le fue tan mal con las bombas durante la segunda guerra mundial. Miles de bicicletas circulan a toda velocidad conducidas por multitaskers que hablan por teléfono, mandan mensajes de texto, alimentan a sus niños, se arreglan el vestido y leen el periódico en los semáforos. Todo se puede ver desde arriba desde múltiples torres puntiagudas y adornadas con dragones escandinavos, o sentado en un bar de marineros al lado del canal donde la cerveza cuesta doce dólares. Afuera del parlamento, en las escaleritas, el jefe de la fracción socialista fuma su pipa. Hay unas 50 personas sentadas frente a una fuente. Eso (nos explican) es una protesta.
Los bebés en Dinamarca duermen afuera durante el día, en el patio o la terraza. Sus madres y sus padres los colocan en sus coches y los parquean en las aceras afuera del restaurante mientras ellos entran a comer. “El límite son los -10 C”, me explica TT, mientras el chico de 18 meses cae en el más profundo de los sueños al otro lado de la ventana, debajo de un techito porque está lloviendo a cántaros. Mi madre, mi abuela y posiblemente todas las mujeres de mi familia y de todas las familias de mi país pegarían un grito al unísono y correrían a salvarlo de la muere por fiebre escarlatina, o al menos, de que le entre “un aire”. Los gringos los meterían a la cárcel por abandono infantil y presentarían como evidencia del abuso que el niño toma té en una taza de vidrio, come lo que come el resto de la familia, tiene una mínima cantidad de juguetes y se le permite habitar el mundo de los humanos.
Como soy no estoy lo bastante biciclo-capacitada, se me asigna el vergonzoso pero bastante cómodo papel de pasajera en una TrioBike. Soy suficientemente enana, si quisiera, para cerrar la capota. En cuestión de 10 o 15 minutos dejo de tenerle miedo a la muerte. Parte del tour es la ciudad libre de Christiania, que es como sería el mundo si ganaran los hippies. Un montón de felices costrosos fuman hash y construyen ingeniosas estructuras de madera. Las señales de tránsito están todas pintadas a mano, la más grande y la que se encuentra en más cantidad es la que dice: “no photo”. La historia es hermosa, el lugar también. Los políticos y desarrolladores de bienes raíces están dándole un respiro: lo único que está retrasando el fin de la utopía es el peso de la crisis.
La boda de TT y Sg fue hermosa y simple, seguida de una épica fiesta de unas 15 horas de duración en la que se comió, se bebió y se bailó como si se fuera a caer la economía mundial. Aunque todo sucedió en Danés me las arreglé para llorar profusamente durante los discursos y participar de todas las insólitas tradiciones entre las que cuenta cortarle la punta de los calcetines al novio, y algo que implica darse besos debajo de la mesa. Recuerdo vagamente haber ayudado a una de las damas de compañía a ponerse las tenis bajo su vestido largo, para que no se fuera caminando en tacones hasta la casa. Al otro día todo el mundo llegó al desayuno, fresco como una flor.

October 13th, 2008 at 10:45 pm
Las bodas de tantas horas me parecen increíbles, ¡no hubiera aguantado la mía si hubiese sido de tantas horas! Y eso que me la pasé genial, pero 5 horas de bailoteo me parecen basatantes.
Lo de los pequeñajos en la calle es algo así como para que se acostumbren al frío… o esa es la excusa, porque sí… jajaja, yo pegaría el grito en el cielo!