punk in drublic

El viernes pasado, tratando de recuperar mi juventud largamente desgastada, decidí ir a un concierto de punk.

Como algunos de ustedes sabrán, en épocas menos decrépitas, mi felicidad era ir a darme de patadas con otro montón de mocosos en saloncillos claustrofóbicos, que más que bares y clubes se parecían más a la sala de la casa de la abuelita de alguien en el barrio La California. Ni siquiera en ese momento nos engañábamos con ideas pretenciosas: era lo que era. Después de Cus nos íbamos a Chaplin’s a vivir nuestros pequeños dramas de bebedores ilegales, enamorados los unos de los otros y de nuestros cortes de pelo, haciéndonos tatuajes dignos de magníficos arrepentimientos y desafortunados pero breves encuentros con la ley.

Decidí pagar extra con tal de comprar los tiquetes en Internet y luego, con demasiada confianza en mi misma, informarle a mi marido que íbamos a ir. Lo malo es que mi persona adulta tenía ya un compromiso para ir a cenar y una fiesta de despedida, así que había que encapsular la experiencia en el medio de los compromismos previos, o sea, unas tres horas máximo. Fue cuando empecé a sentirme como una señora, porque solo las señoras tienen “compromisos previos”, para no mencionar un marido que se los recuerde.

Algún año perdido hubo una serie de “conciertos” miserables en el hotel Troy’s donde había que llegar como a medio día de un domingo y con suerte se salía borracho, sudado, con un zapato menos y con un ojo morado a eso de las seis de la tarde. Tocaban como siete grupos de nombres estupidísimos, usando los mismos instrumentos. Fue en esas fechas en que me metí por primera vez a un mosh pit de tamaño moderado, del que salí eufórica preguntándome si alguna vez dejaría gustarme esa música del infierno. La respuesta, quince años después, es que no.

El viernes en la noche llegó. No me vestí demasiado para la ocasión, no por falta de ganas sino porque ya no tengo ninguna camiseta de black flag, mis únicos Dr. Marteens son coquetos zapatitos fucsia, cinco de los ocho agujeros en mis orejas se han cerrado para siempre, y las gacillas sólo forman parte de mi indumentaria en caso de emergencia. El cowboy incidentalmente se viste como para un concierto de punk todos los días de su vida: jeans con huecos, botas de punta de metal, cabeza rapada, camiseta desteñida, franela de cuadros. Él tiene muchos más puntos de autenticidad: no sólo vio a Los Ramones numerosas veces en vivo, sino que Dee Dee le gritó “fuck you!” en la cara antes de darle una púa que hoy figura entre los tesoros de la familia.

En la entrada, un niño rubio y divino me da las buenas noches y me pide la identificación. Yo le sonrío como a todo aquel que insinúa, por obligación o por auténtica duda, que este tarro podría tener menos de veintiún años. El flashback inmediato fue el agravio de tratar de entrar a La Rana frente a la plaza de la democracia y que, por alguna inexplicable razón, ese día estuvieran pidiendo cédula. Y que en un incidente completamente desvinculado afuera del bar una chica me enseñara los calzones. El concierto de esta noche es “para todas las edades”, la única diferencia es que si uno tiene un sellito con un 21 en la mano puede comprar licor, y una X negra significa lo contrario. Frente a mi, dos prácticos chicos straight edge traen la X tatuada de antemano.

El primer grupo que abre ya está tocando. Son predeciblemente de Aneheim y se nota que han cruzado a Tijuana más veces de lo que les conviene. El cantante rubio se tambalea por el escenario, ocasionalmente poniendo el micrófono en frente de los gritos. Estos de inmediato me recuerdan a un novio rubio y bronceado que tuve alguna vez, cuya estrategia de conquista fue mencionar que conocía a los NOFX y que estaba surfeando en centroamérica pero vivía en San Francisco. Hoy es posiblemente analista de crédito o ejecutivo de marketing y sospecho que algún día me lo encontraré en el metro. O un viernes como el de la presente.

De inmediato nos posicionamos en el sector de los viejos: en el fondo, cerca del bar. El frente se lo dejamos a la gente que todavía resiste las rigurosidades de la violencia física y que aún no le teme a la pérdida de la capacidad auditiva. El lugar se va llenando de personajes fascinantes, especialmente porque el grupo que toca hoy es un rejuntado de otras bandas que adapta clásicos del punk con letras de experiencia chicana, latina, o de barrio. Entonces está la mesa de los que parecen los papás de todos, la pareja que tardó un par de horas coordinando sus atuendos, las latinas guapísimas con tatuajes enormes de la virgen de guadalupe o de una serpiente emplumada, con flores blancas en el pelo, los crustáceos de mala dentadura que usan el mismo chaleco parchado en todos los conciertos desde hace veinticinco años, y otros cuantos con menos descriptores que se enseñan los iPhones.

La segunda banda que abre es mucho mejor. La cantante, una mujer rubia monumental y de amplias carnes, sale a escena con un corset que levanta todos los ánimos en el lugar. El espectáculo es hipnótico y cada vez que me distraigo de lo obvio, me doy cuenta de que tiene una voz tremenda que bien podría estar cantándome cucurrucucú paloma. Estoy feliz y le hablo al cowboy hasta por los codos. Él asiente aunque no me oye nada porque tiene tapones de espuma en los oídos. Cuando sale la banda principal ya nada me importa: en esta ciudad se puede ser joven hasta que uno quede en las vías del tren paralizado por el Alzheimer. Quiero ir al frente y dar vueltas apoyada en la fuerza centrífuga de los demás, quiero una camiseta con calaveras tocando la trompeta, quiero volver a tomar cerveza aguada y tibia en vaso plástico y hacer fila veinte minutos en el baño de mujeres. Pero por ningún motivo me gustaría volver a tener diecisiete años.

16 respuestas to “punk in drublic”

  1. beto dice:

    Oi! Oi! Oi! :D

    Siempre supuse que algún roce habías tenido vos con el mundillo del underground, pero nunca a ese nivel tan… intenso. Qué pacho los tiempos del Cus, aunque la mayoría me llegaron solo de oídas pues me pasaba de bien portado. Bu.

    Uno de los méritos del punk es el de la elevación del despiche total a una forma de arte. O sea, entre más desafinado y hecho miércoles sea el sonido de una banda y el despilingue que ocasiona, tanto más auténtico y autoritario se es. El éxito.

    Las últimas líneas están para ponerlas en unas citas de esas que salen en Selecciones. Digo yo. :P

  2. Jen® dice:

    bueno, y cuál grupo era?
    recordé mi pérdida de sensatez en el concierto con strung out acá, por dicha un amigo me sacó antes de que empezara “de verdad verdad”. hey, pero viene misfits, jale! furia va :P

  3. itz dice:

    Beto: Selecciones, para que lo lean otras señoras :D

    Jen: Le presento a Manic Hispanic, con éxitos tales como “Mommy’s little Cholo” y “Homeboy is a Joto”. Enjoy.
    http://www.myspace.com/ilovemanichispanic

  4. cristian dice:

    esto del envejecimiento.

    a mi me dio por ahí de carajillo (unos años después, eso sí :p) pero si me asustaba el temor a un bolazo en una mejenga, imaginate lo que sentía ante la posibilidad de un golpe en un mosh pit.
    dios no lo quiera.

  5. medea dice:

    Yo nací vieja. Lo más que he hecho en mi vida es brincar con Ingrata. Y así quedará. Y cómo te fue en los compromisos previos toda sudada y tapis?

  6. Julia dice:

    qué bonito leerte así tan llena de vida.
    Mirá: te voy a dar un consejillo aunque no me lo estás pidiendo.
    Si un día tenés un hijo o una hija. No olvidés esto. No olvidés lo que hiciste de adolescente, lo que intentaste hacer, lo que soñaste hacer, lo que quisiste experimentar, lo que te hacía vibrar.
    Tengo tantas amigas y amigos que de repente tienen hijos o hijas adolescentes y todo es miedo, prohibiciones y estreses…les prohíben todo, no los dejan salir, los llevan y los traen como si fueran chiquitos o chiquitas de kinder…y eso me pregunto yo…¿ por qué todo se les olvió tan rápido?

    Escribir es una manera de ejercitar la memoria y dejarle algo más valioso a los hijos o hijas que un poco de plata , un lote o un carro.

  7. Alejandra dice:

    Muy rico deschabe de frescura y alegría.

  8. itz dice:

    cris: al mosh pit hay que perderle el miedo y luego volvérselo a ganar

    medea: en la fiesta ya todo el mundo estaba tapis y sudado también, por diferentes vías

    julia: a como soy yo es capaz que me salen evangélicos o milicos. pero heredarán una púa de Dee Dee Ramone.

    Ale: al otro día no estaba tan contenta, pero ya el domingo si :)

  9. furia dice:

    Todo está dicho, querida -hasta sentí las cosquillitas en los pies :P-

  10. tetrabrik dice:

    esa púa de colección. mucho cuidado.

  11. en bici dice:

    ya le había dicho que “señora” es una mala palabra…me encanta leerte!

  12. Pato dice:

    que buen relato. primera vez que me doy una vuelta por aqui y recorde mis años de mnozaikos en la calle de la amargura y la cerveza caliente…voy a seguir dandome vueltas por aqui. saludos.

  13. Verox dice:

    Sigámonos sintiendo jóvenes:
    La última vez que me dijeron “señora” me hice pedir disculpas…
    Cualquiera!!!!

  14. Ventolin dice:

    Mae me has sacado cuatro suspiros y el deseo de que de verdad hay que hacer algo para no oxidarnos.

    Te digo mae, este ha sido uno de tus post que mas he disfrutado.

  15. Alberto A. Zabermann dice:

    Este post tuyo me recordó que sí, el algún momento fui aventurero, divagante, diluido, y expansivo. Con dos hermosos hijos a nuestro haber, mi esposa y yo procuramos recoger fragmentos de nuestro noviazgo enloquecido y guardarlos para un día lluvioso. ¿Qué fue de ese no se qué, que perdimos con el paso de los años?

  16. maluigi dice:

    muy buen relato,me gustó
    me suenan esos lugares que decís, que yo agarré en las últimas, mientras empezaba a frecuentar sand´s y alrededores y me conformaba con conocer algunos punks que se ubicaban por el actual pequeño mundo en san pedro, donde había una licorera…
    recuerdo a esos punks duros que dormían en la linea del tren y se tomaban las pachas de vodka o guaro con rudeza…saludos

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