as bruxas
Maria Cristina no cree mientras se sube al tren en Daly City. Es el primer día en el trabajo nuevo y por eso se levantó temprano para aplancharse el pelo y maquillarse un poco. En el vagón va una princesa de mala cara y zapatos verdes. Caperucita roja lleva en la canasta la cara despellejada del lobo y el hacha con que se la arrancó. A su lado se sienta una aviadora de la segunda guerra mundial. María Cristina prefiere no ver para afuera ni a la aviadora, sino que trata de encontrar a los demás, disfrazados de oficinistas, niñeras, electricistas, dependientas de cafetería.
El personal de cocina de donde va a trabajar, en Berkeley, habla solo español. “Nao importa. I understand” dijo ella la semana pasada. Hoy ya no está tan segura y en la cabeza va practicando. La aviadora se baja y en su lugar se sienta una Alicia de vestido celeste hablando por teléfono. Un duende gordito se sube con una bicicleta, y un muchacho rubio que mueve las alas blancas y brillantes. El tren se sumerje y Alicia pierde la señal. Todos juntos salen de la tierra como un carnaval que viene del infierno.
Cuatro cuadras más tarde está la señora Jeanne, el delantal, la bandeja, el café con espuma: nada que no haya hecho antes. Durante el día van llegando una abeja que toma el café de pie para no quebrarse el aguijón, una profesora diabla, un bombero chamuscado. Cada uno le da la oportunidad de reírse un poco con las otras muchachas, entender cómo se pasan las órdenes, aprenderse los códigos de la caja registradora, equivocarse dos veces. “No worries Cris, you got it going on girl”. La tarde pasa, el piso se limpia, se reparten las propinas.
El tren de regreso va más lleno de criaturas aburridas, transformadas en lo mismo. María Cristina piensa sólo un segundo que si pudiera ser otra cosa sería una bailarina con todo y zapatillas, aunque no sea nada original. Luego vuelve a repasar el día entero: el tren, los disfraces, el cansancio en los pies, los códigos, las amigas nuevas, las propinas, los días que la van alejando del horror verdadero. De pronto siente venir un grito que le para en el tope de la garganta. Una rata de cola larga y rosada sale caminando por el cuello de la señora sin disfraz que va sentada en el asiento de en frente, metiéndosele entre los puños de pelo tieso y anaranjado. Mientras sale a toda prisa del vagón la ve con el al animal en las manos, dándole un beso y diciéndole: bem bonitinha essa guria, Maria Cristina.

November 2nd, 2007 at 8:05 am
wink
November 2nd, 2007 at 8:28 am
Eeerieee… peor me gusta me gusta. Al menos María Cristina las ve.
November 2nd, 2007 at 10:33 am
lo peor (o lo mejor) es que casi todo es verdad, incluida la vieja de la rata.
November 2nd, 2007 at 3:00 pm
Y si más bien de eso se tratara nuestra realidad y el día de brujas nos observáramos como somos aquí y ahora? Quizá nos asustaríamos más que si viéramos la cola de una rata.
November 4th, 2007 at 1:11 am
Por alguna razón esa mujer y la rata me recuerdan las eternas soledades humanas.
Me gustaría poder ver el paisaje de gente toda disfrazada así como si fuera la más normal del mundo. Aquí en tiquicia, todo el mundo profesa eso de que “glamour ante todo” y difícilmente alguien se atrevería a salir así. Empezando por mí.
November 5th, 2007 at 4:44 pm
pa’ todo hay gente. jeje. :)
pintoresco en poco.