RI
El clima está pegajoso y caliente como en guápiles. Las gaviotas se paran sobre el malecón, insolentes ante las inconveniencias humanas, a ver desde lejos una playa distante, abarrotada de quienes también vinieron a este pueblito de Rhode Island a visitar a su mamá por el verano. Un poco más lejos de las casas grises con balcón al mar está el bosque, denso y casi tropical, con hiedras locas que se lanzan desde las ramas más altas de los pinos hasta caer al suelo para empezar a comérselo. La humedad devora a niveles microscópicos las bicicletas que un montón de niños hipotéticos abandonan en el jardín. Hay onda de calor y a los de meteorólogos los noticieros les encantan los récords en fahrenheit. De vez en cuando llueve y el calor se calma un poco, pero se alborotan las purrujas que pican hasta dar la enfermedad de Lyme. Salen a fumar los hombres a los corredores mientras adentro se duerme, se prepara la cena o se ve la televisión.
En el sótano de la casa de mi suegra se esconde una impresionante selección de linguística, teoría literaria, novela, teatro y poesía inglesa y norteamericana. Todo perteneció a mi suegro, a quien sólo llegué a conocer por las historias melancólicas de los demás, las fotos sonrientes encima del escritorio, y ahora por sus ensayos analíticos sobre Ezra Pound. Comienzo a fantasear con pasarme un año aquí con mi suegra leyendo, tomando el té y poniendo a funcionar la chimenea en invierno, hablando hasta dormirnos ella con su delicioso acento sureño, ojalá corrigiéndome la gramática con su infinita paciencia de profesora de colegio. Sin embargo, creo que le gusta más estar en la compañía discreta de las fotos de sus nietos y las habitaciones silenciosas llenas de las evidencias que dejó una familia intensamente feliz.
El sábado vamos a una boda de esas que salen en las películas, con damas de compañía que visten lo mismo. Yo lo observo todo con mi máximo de educación y respeto por los nativos, con un Merlot en la mano. Todo el mundo es blanco y por dior, nadie sabe bailar. Imagino la neurosis por la que hay que pasar para escoger estas cintas decorativas de las sillas. Me encuentro a una pareja de viejitos liberales, él profesor de historia en la universidad, ella conversadora y aficionada al jazz, y los secuestro durante todo el tiempo que es civilizadamente posible, pero como todos los viejitos estos se van temprano. Mierda.
El resto del fin de semana largo las playas están llenas hasta altos niveles de peligrosidad, una toalla a menos de cinco centímetros de la otra. En ese caso mejor ir a tomarse una limonada congelada y una hamburguesa de Diner al lado de un tipo con una camiseta que dice “ready to kill” en evidente alusión a algún desafotunado animal del bosque. Anecdóticamente divertido, pero ya estoy lista para volver a la ciudad. A cualquiera de las dos.

Julio 9th, 2007 at 1:12 pm
Uy, me dieron ganas de Merlot, viejos libros y tertulia… pero en invierno.
Julio 9th, 2007 at 3:18 pm
Si no fuera por la toalla a 5 cms creo que yo preferira quedarme en ese mundo de silencios, libros y pensamientos…por lo menos tengo la suerte de saber que de vez en cuando tu puedes transportarme alli y disfrutar contigo ese merlot.
Julio 9th, 2007 at 4:48 pm
Los libros me han hecho agua la boca…
Julio 9th, 2007 at 5:26 pm
Zaz, desde una lluviosa, fría y oscura tardenoche de San José, te mando… toda la maldita envidia del mundo, con todo y purrujas! Bueno, todo salvo la boda, a esa paso.
Julio 10th, 2007 at 6:06 am
A Guap y RI no creo que los una más que la creencia de la sensación pegajosa. Además el aire salino lo debe hacer mucho más pegajoso.