4-7pm
Aquí en este barrio es más difícil cruzar la calle porque hay que jugar ese juego de pase usted, no pase usted, no pase usted primero bueno uy perdón, pase pase por favor. Y yo no lo juego muy bien: siempre gana la señora oriental del carro que va pensando en otra cosa, en chino, que no me entiende la señalización corporal latina de la cadera, la mano y la ceja. Maldita vieja. Voy por una caja de azúcar y un huevo, ojalá de gallinas que nunca sufrieron, que corrieron libres todo el día fumando marihuana y oyendo Wilco. En la tienda de la esquina hay varios adolescentes fumando, no mariguana, todos superándome en altura. Uno está vestido como una calavera pero aquí uno rapido se acostumbra a no buscar explicaciones que no necesita para seguir viviendo. En la radio suena la cumbia más triste del mundo, si es que tal cosa es posible. Las chicas se ríen y todas disparan la palabra “retarded” como catorce veces por segundo, con el pelo teñido como si les hubiera vomitado un payaso encima (ya no me acuerdo dónde lo leí). Estoy vieja, pero sólo relativamente, como esa máquina sumadora que está en la caja de “Free stuff!” que se pudre en la acera. En la tienda decido comprar un billete de la lotería, una estúpida costumbre de clase trabajadora muy orgullosamente adoptada por el cowboy y yo, que de vez en cuando soñamos qué haríamos con los elusivos cientocuarentamillonesdedólares, además (ovbio) del gato hipoalergénico. La cajera que está viendo para otra parte me cobra diez dólares cuarenta, un precio escandalosamente alto en latitudes más tropicales, especialmente cuando se trata de hornear dieciocho galletas de coco con pasas que al final irían a quedar un poco más polvorientas de lo que me gusta. Thankyouhaveagoodday. Igual las galletas terminan siendo un absoluto hit entre los activistas radicales y fichados por el FBI que desde hace dos días se aglutinan en mi sala. Es de noche pero no se sabe porque todavía hay sol, necio y alumbrado, por todas las ventanas.
