Teatro

Cuando estaba en la escuela me gustaba el teatro, pero yo no le gustaba a él. A la hora del casting el profe siempre me consideró una notable actriz suplente y una ocasional secundaria. No lo culpo: era tímida como una imbécil. Pero en clases de teatro trataba de sacudirme y ser otra persona, la más escandalosa, la más diferente a mi. A veces funcionaba, casi siempre no.

Poca gente me lo cree, pero a veces viene a asustarme el fantasma de la timidez pasada. Soy todavía una morenita enana de 11 años que quería desaparecer cada cinco minutos, y caminaba de puntillas por la vida para no hacer ruido. Estaba contentísima con ser suplente, secundaria, tercieria o cuaternaria si era posible. Extra. Plomo. Escenografía.

Después pasaron muchas cosas, actué por aquí y por allá, en dramas propios y ajenos, aprendí a manejar la comedia enorme que son los días, y nunca jamás volví a poner el cuerpo en un escenario para actuar como otra, sino como el personaje que me inventé de mi misma. Una construcción de personaje que es todo un logro dramatúrgico, y una ejecución que da gusto, si señor.

Eso si, antes de cualquier cosa, de presentar el “paper”, de hablarle al chico en cuestión, de pararme a hablar frente a la audiencia, la verdad es que me quiero morir. Un ratito, como veinte segundos.

La magia está en lograr que nunca se te note. Toda la capacidad actoral subdesarrollada durante años tiene que resumirse ahí. Esos malditos veinte segundos tienen que ser tu secreto. Después de eso, puedo ser la loca exagerada que habla de libros rusos y estilos de cumbia, seguros a la producción cafetalera y drupal vs. mambo. El otro día un señor hablaba de mi trabajo diciendo: “ella entra en la sala, te hace reír, te da órdenes sin que te des cuenta, organiza a todo el mundo y en media hora ya tiene lo que quiere.” Ja! Aplausos para la actriz principal.

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