En la calle

Hoy salí dos minutos a comprarme un helado a dos cuadras de casa. En el camino, recordé con todos los colores la razón por la cual ya no salgo a la calle, si no es en el auto. Porque en mi país, y en otros, el cuerpo de las mujeres no nos pertenece a nosotras mismas. El cuerpo de las mujeres está ahí para que lo vean, le toquen la bocina, le griten cosas y le insinúen estupideces.

Mis amigas/os de otros lugares siempre me preguntan: ¿porqué ya no corrés en la calle? ¿porqué no caminás? ¿porqué no vas a pie en lugar de en auto? ¿porqué no salís con este clima tan maravilloso al parque en frente de tu casa? ¿porqué no ponerse una falda y una camiseta fresquita y unas sandalias, y salir a disfrutar el sol del trópico? Porque no puedo. Odio que me griten cosas, que me miren como idiotas, que me toquen el culo. Lo odio. Y como lo odio tanto, estoy presa.

Y no tiene que ver con ser bonita o fea, joven o vieja, flaca o gorda, alta o enana, rica o pobre. No tiene que ver con ir en minifalda o en hábito, no tiene que ver con nada de eso. Tiene que ver con ser mujer, porque lo único que cancela inmediatamente todo eso es andar con un hombre al lado. Aquí mis amigos incrédulos me miran como si yo fuera loca paranóica, porque claro, a ellos nunca les han gritado nada en la calle. Pero a las chicas… las chicas vivimos acostumbradas a la potencial vulgaridad, a la referencia sexual inmediata, a la amenaza de todos los días de que un asqueroso cualquiera se vaya masturbando a tu lado en el bus.

Pasa igual en el barrio bajo que en la universidad, viene igual de un chico de 12 años que de un viejito de 90. Viene de todas partes, una cosa constante y abrumadora.

Es increíble como la misma cultura hermosa, del piropo y del contacto físico, del bolero y de la poesía orgánica de Darío, sea también la cultura de la invasión y ultimadamente, de la prisión del cuerpo.

3 respuestas to “En la calle”

  1. beto dice:

    Chingo de legado de nuestra cultura latina ultramachista y homofóbica… aunque ya por aqui parecieran haber señales de que eso está cambiando (sobre todo en las parejas jóvenes) sí es cierto que nos falta muchísimo por andar. No olvidemos que hace apenas medio siglo era totalmente aceptable decirle a la mujer “vuélvase porque la voy a usar”… tendrán que pasar al menos un puño de décadas más para que se termine de renovar la sociedad por completo en este aspecto… si eso no pasa en otros países como los escandinavos es porque nos llevan ya siglos de evolución… :P

    Saludos

  2. Sneaksleep dice:

    Yo conozco otra manera de acabar con esos gritos–vestirte de manera ambígua y andar con una mujer (ojalá también ambíguamente vestida) a tu lado. Claro que entonces te gritarán otras cosas más feas aún… Sé de lo que hablo. Pucha, por donde empezar? Yo me crié en EEUU, y cuando fui a sudamérica por primera vez (a los 19 años), al principio me chocó mucho la experiencia de andar por la calle y escuchar tales estupideces. Me sentía sucia e invadida. Pero se suponía que se trataba de acostumbrarme a otra cultura y experimentarla plenamente. Entonces traté de ignorarlos y seguir con mi vida. Con el tiempo creo que aprendí a ensordecerme a la mayoría de los comentarios, pero igual a veces tenía problemas. Me acuerdo que una vez simplemente no estaba de humor para aguantarlo y cuando un grupo de jovenes me gritó algo, les mostré cierto dedo de una manera generalmente considerado ofensiva. Que error! Me empezaron a seguir por la calle, gritando groserías de verdad, hasta que llegué a la esquina de mi calle y apenas doblé la esquina, corré a todo dar hasta llegar a mi puerta. Al volver a EEUU, fue un alivio no tener tantas ocasiones para temer cosas así (aunque aquí tampoco estamos 100% a salvos). Lo irónico es que la primera vez después de volver a EEUU que pasé cerca de una construcción, terminé mirándome la ropa y el cuerpo para ver si andaba fea o que, porque no me habían gritado nada.

  3. sceva dice:

    Por eso no me gusta salir a las discos argentinas, donde la dinámica es peor. No sólo tenés que lidiar con los imbéciles que te dicen cosas, se te quedan viendo o los borrachos asquerosos que se te acercan a hablar. Si no que tenés a los mil y un idiotas que te tocan toda, te agarran del brazo, se te atraviesan y te jalan en la conglomeración de personas de la gran ciudad de Buenos Aires y la activa vida nocturna… Prefiero quedarme en casa.

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