Al escribir esto, hace más de 24 horas salimos de Detroit. Ahí pasamos una semana de trabajo y sueño, trabajo y sueño. Yo, la que siempre está sentada en la soledad de su cocina sin hablar con nadie, tuve que hablar con más o menos cien personas al día en una conferencia de más de 16mil activistas sociales. La última tarde huí y me encerré en el carro, dentro de un parqueo, como si me estuvieran persiguiendo. Quería soledad y sobre todo, no quería tener que ver nada con las múltiples luchas que necesitan ser emprendidas en el mundo.
Detroit está frente a un río muy azul donde, al otro lado ya es Canadá pero en una de esas sorpresas de la geografía, estamos mirando hacia el Sur. El puño de Joe Louis, el Brown Bomber, flota inmortalizado en una enorme escultura de bronce. Los edificios vacíos de la revolución automovilística han sido grafitteados, recuperados por artistas o habitados por aquellos a los que la tasa de desempleo les da igual. En el parque suena un festival lleno de mujeres negras en pantalones muy cortos, bailando para que las vean los muchachos. El espíritu de Detroit sostiene una cosa en cada mano, un poco confundido por las incertidumbres del futuro.
Escribo sentada en el asiento de atrás de la van, entre dormida y despierta, y voy teniendo pesadillas. En el asiento de adelante está el cowboy, manejando y oyendo una canción de Bob Dylan que se entreteje con mis sueños. Farewell Angelina, the sky is trembling and I must leave.
Afuera está Nebraska. Entre Omaha y la frontera con Wyoming hay un gran pedazo de nada. Llevamos un billón de horas observando el mismo paisaje, misericordiosamente interrumpido por una parada en un bar para comer y ver el segundo tiempo del partido Argentina-México. Celebré los goles de forma escandalosa y solitaria ante la mirada atónita del bartender, para quien sin lugar a dudas debo ser Mexicana.
En cada pueblito me imagino cómo será vivir ahí. Dejarlo todo y vivir en Spring Valley, Illinois, Avoca, Iowa o Kearney, Nebraska. Habitar una de esas casitas al lado de un lago, con un bote de remos, y alimentar a las gallinas. Saber cuánto cuesta un tractor y un atado de paja de los que parecen rollos de sushi gigantes. Ver pasar las tormentas rodando por el cielo, que es más grande que todo lo que existe. Resignarnos al invierno atrapados bajo una sábana de nieve. Creo que sería una pesadilla. No soy suficientemente fuerte para plantarme todos los días ante los ojitos racistas que me hacen las mujeres cuando me encuentran en el baño del restaurante.
Es el final de la tarde. Todavía estamos en Nebraska y Wyoming está sólo a 20 millas, pero no sabemos qué nos espera del otro lado. Así que paramos en un pueblito viejo que se llama Kimball. Hay banderas blancas y rojas bordeando la calle principal. Todo está cerrado porque es domingo, pero está abierto un bar de hace doscientos años, un salón de Bingo cierra después de su sesión semanal de las dos de la tarde, una locomotora de la Union Pacific Railway , y una licorera, por suerte, vende permisos para acampar junto al reservorio.
Armamos el campamento junto al lago, en un campo de dientes de león. El cielo se quema, rojo y morado, y se va el sol en la dirección en que van los trenes de 85 vagones, cada media hora, un rumor lejano que nos acompaña toda la noche.
Al otro día, en busca de café e Internet, paramos en Cheyenne, Wyoming, una ciudad pequeña basada en el intercambio de trenes que van hacia el pacífico. Hay cafés y deliciosos bagels, los muchachos que trabajan en la corte salen a tomar el sol durante sus quince minutos de descanso. Una mujer le explica a otra las vicisitudes de las almas en el purgatorio. Hay un domo dorado y una biblioteca pública, y una iglesia en la que suenan las campanas. Se parece a Heredia.
Wyoming, entre las ciudades, es otro montón de nada. Rocas sobre rocas, rocas planas, rocas que parecen una mesa, rocas que parecen un elefante, antílopes que parecen rocas. De repente, por sorpresa, aparece un pico nevado altísimo y solitario. Por suerte la carretera es tan plana que se puede no sólo pensar en otra cosa, sino comer y hablar por teléfono mientras se maneja. No hace falta pretender ponerle atención a Wyoming.
Todo eso cambia cuando se entra a Utah. El paisaje se transforma en el del Correcaminos, y siento que en cualquier momento me cae una piedra mormona en la cabeza. Todo el estado, atravesado de lado a lado, me da mala espina. Al menos todo es hermoso, y al final está el lago de sal que le da nombre a todo lo que hay por ahí, los campos de sal multicolor, un desierto que parece un espejo, recorrido por larguísimos trenes herrumbrados.
A 88 millas de que aparezca Nevada empiezan los anuncios que prometen casinos, mujeres, un trago comprado sin muchas complicaciones, un plato de comida, una cama limpia para descansar. Pero falta mucho, falta mucha arena y sal. Y mientras avanzamos, por esas cosas de los husos horarios, se va a haciendo más temprano.
La depresión me comienza a llegar al cruzar la línea con Nevada, y el atardecer me encuentra llorando frente al mismo club que anuncia “Girls Girls Girls”. Me estrello contra una pared de cansancio, pésima alimentación, sueño cuestionable, y lo que parecen miles de horas encerrada en el carro, temiéndole a la muerte inmediata. Se me ocurre que quizás no debí hacer este viaje absurdo. Lloro y lloro todo el camino, mientras el sol se extingue en el horizonte, hacia donde nos dirigimos. El cowboy me promete un hotel en Reno, la próxima ciudad. Mike me dice que sonría, que ya casi estamos en casa. Matt intenta hacerme reír subiéndose a un caballito mecánico en una gasolinera, y eso si sirve un poco. Me vuelvo a meter al carro. No queda más.
El cuarto día es placentero y breve. Voy en posición fetal mientras volamos por las autopistas de California, un juego mortal pero al menos familiar. Un automóvil ha quedado destrozado en la división de la autopista, y un bombero trata de contener a cuatro niños rubios junto a la escena que les dejará una cicatriz para toda la vida. Le pido a un dios que no existe que no me mate a diez millas de mi casa, después de haber recorrido 5540 en los últimos días. Y por supuesto al final cruzamos el puente de la Bahía y ahí está la ciudad, escondida por una extraña capa de niebla lechosa que flota a mediana altura.