bomb yourself
28 /7 /10Eso de decirle bombas a las gasolineras me tiene confundida. El otro día mi hermana dijo: “en este pueblito lo que hace falta es poner una bomba”. Y yo estuve de acuerdo. Y no estábamos hablando de lo mismo.
Eso de decirle bombas a las gasolineras me tiene confundida. El otro día mi hermana dijo: “en este pueblito lo que hace falta es poner una bomba”. Y yo estuve de acuerdo. Y no estábamos hablando de lo mismo.
Hay dos textos míos dando vueltas por la red, ahora que estoy en medio de la selva lluviosa. Una gata y dos gatitos vienen a comer y a dormir conmigo, a falta de gallinas.
Uno: para mi querido Fusil de Chispas, un texto tiernito que tenía guardado hace rato y terminé de sacar impulsada por el cariño. Perros y Gatos:
Crecí rodeada de amigos de papás divorciados, separados, vueltos a juntar. Había gente que creció con su abuela, o con un familiar temporalmente en otro país, otros que vivían en San José con una tía, alguno que otro adoptado, un montón vivían sólo con la mamá, alguno que otro con el papá, otros en una sola canasta de hermanos y primos. Nada de eso era extraño, todas esas eran consideradas familias comunes y corrientes. Gatos y perros, viviendo juntos! De seguro por eso cuando conocí a la primera pareja gay ni me di cuenta. Cuando me explicaron me pareció más o menos aburrido, como todo lo de los adultos. Me encogí de hombros y seguí jugando.
Dos: enferma de la panza gracias a los bichos tropicales, y total un poco triste, el texto de Los Superdemokráticos sobre la intimidad. Se llama Vasos sucios, ceniceros llenos:
A veces me gustaría poder volver a enamorarme de cualquiera que pasara por la calle y contarle todos mis miedos. A veces me gusta ir descubriendo cómo, a fuerza de hablar de las mismas pequeñas conversaciones sobre el trabajo y la política, alguien se me ha vuelto imprescindible.
El campo de al lado se llenó de flores y mi casa está llena de mariposas, vivas, muertas y a medio camino. Vuelvo a eso.
* En mi vida había muchos días como este, días en que llueve toda la tarde con una fuerza considerable e irrespetuosa, como si fuera necesario lavar las culpas que se arrastran por la tierra. Ya no hay tantos días así, porque ahora vivo en otra parte donde no llueve mucho y donde no tengo la culpa de nada. En este momento, sentada en la misma ventana donde se sienta a ver llover mi madre, he regresado.
* El segundo día, tomando café, un tema lleva al otro y mi mamá me cuenta que cuando tenía 12 años no podía entrar a la iglesia si se le olvidaba el velo. Iba a acompañar a su abuela, quien le pedía perdón a Dios por ser mujer, oyendo al padre de La Dolorosa decir quién sabe qué en Latín. Cuando tenía la mala suerte del olvido, su abuela llevaba un pañuelito para los mocos en la cartera, que terminaba extendido y puesto en su cabeza con todo y mocos.
* Cada vez que me encuentro a alguien que quiera escuchar mi historia de éxito en los Estados Unidos, me toca desilusionar. Estoy desempleada. Mi perfil laboral no encaja y encima, estudié algo que ya no existe: ser periodista es como ser operadora de telégrafos. Ahora soy escritora, para no decir que soy una estadística de esas que se traen abajo los pronósticos económicos en Wall Street.
* Voy saliendo para una cita para tatuarme. Mi primer tatuaje me lo hizo el que era mi novio cuando teníamos dieciséis años. Era una mariposa transparente que parecía sólo a la mitad. Eso me tocó explicarlo cada vez que alguien la veía: “tiene solo un ala porque está volando”. Mi adolescencia fue maravillosa: hice lo que quise, me vestí como quise y me corté el pelo como me dio la gana. Tuve amigos peligrosos e inconvenientes, fui a lugares tétricos y me pasaron cosas que todavía no me atrevo a contarle a nadie que no sepa ya y me esté guardando el secreto. Y aún así sobreviví, aunque el año 95 es nebuloso. Fui una mariposilla volando, y a partir de mañana soy tres pájaros tristes.
* Después de un tiempo uno sólo regresa para ver a la gente que admira, y de quien tiene la sospecha de que querrá para siempre. Cada vez que te veo me incendio, y ese tipo de cosas.
* Sentada en el avión cagada del miedo, me pregunto a qué horas me volví esta persona asustadiza y quejumbrosa. Yo, que una vez fui valiente, ahora hiperventilo cuando el avión pega un brinquito o me me vomito cuando se nos atraviesa un trailer en la autopista. En el primer mundo me estoy volviendo una vieja pendeja. Ahora necesito andar con un pastillero en el bolso porque a pesar de que todos los días corro 5 kilómetros sin problemas, siento que en cualquier momento me duele la cabeza, se me revuelve la panza, me sudan los codos, qué se yo qué otras idioteces hipocondríacas me atormentarán durante el viaje de 15 minutos al supermercado y de regreso. Ya ni siquiera puedo beber para tranquilizame, porque si me emborracho no duermo.
* Ayer entre los hermanos nos dimos cuenta de que todos padecemos de la misma trágica condición: lloramos de la risa con extrema facilidad. No parece tan malo hasta que uno, como un idiota, se tiene que ir a lavar la cara después de escuchar un chiste medianamente razonable. Qué verguenza. Todas las carcajadas vienen bañadas en lágrimas. Ayer lloramos todos juntos durante todo el almuerzo y el mesero no sabía qué hacer.
* Otro texto mío, esta vez sobre la historia, interrumpe una serie perfectamente buena de los superdemokraticos.
* Mi blog se está comportando como un esquizofrénico y flota entre dos opiniones: que todo es spam, o que nada es spam. Sepan disculpar los conflictos idiosincráticos de este aparato.
* Antes de despegar el avión que me traería a Costa Rica leí lo de los marines gringos autorizados para traer toda su parafernalia militar al país. Todavía un par de horas después andaba buscando algo que decir, no aspirando a encontrar algo apto para toda la familia, sino que alcanzara a para expresar la magnitud apoteósica de mi desprecio por la clase política artífice de todo esto. Ese permiso jamás debió ser otorgado y ese tal arreglo de cooperación jamás debió ser negociado. Eso es así.
* Sin embargo, no entiendo la histeria tampoco. Esos permisos se negociaron como parte de los muchos tratos que tiene Costa Rica con el gobierno norteamericano. Si insistimos en votar por gente que nos hace cada vez más aliados de un país con altísimas inversiones militares, no sé cómo pretendemos jamás llegar a ver a un soldado caminando por ahí o permanecer inmunes al sistema político de nuestro principal aliado comercial. Si se vota por la derecha, si se elige la derecha, se prefiere la derecha, se admira la derecha, se respalda la derecha y se promueven las instituciones de la derecha, la presencia militar más bien ya se estaba tardando.
* Si yo fuera un negociador gringo y veo que el trato está hecho, no habría pedido permiso a la Asamblea Legislativa para meter un buque, después permiso para meter otro, después otro. Yo pido permiso de una vez para meter el máximo número de buques y soldados que se me ocurre que algún día podrían estar destinados a una operación en esta área. No quiere decir que vayan a venir mañana, “a invadirnos” como dicen por ahí. Me pregunto cuál es el número autorizado de buques y soldados que pueden circular por Panamá, por ejemplo, un centro de operaciones que tiene mucho más sentido en caso de que algo pase en Colombia o Venezuela.
* El Departamento de Defensa ha estado raspando la olla para encontrar armamento y 10mil adolescentes que mandar a Afganistán, una guerra de popularidad decreciente pero que la opinión pública todavía cree que se puede ganar, además está Bin Laden y toda esa vaina. La guerra contra las drogas tiene la popularidad más o menos a dos metros bajo tierra, y nadie en sus cabales políticos en Estados Unidos mandaría a invadir un país que comparte el espacio geopolítico imaginario de los gringos con Cancún, las Bahamas y otros centros vacacionales donde se puede traer a los chiquitos. Especialmente teniendo otras opciones.
* Más de uno estará salivando con el despliegue de armas, buques y uniformes. Más de uno piensa que “los gringos” son una fuerza organizada y racional que tiene capacidad de resolución de problemas transnacionales, como el narcotráfico. Más de uno cree que Obama personalmente firmó la orden de invasión. Más de uno ya está pensando en detenciones extrajudiciales y persecución política, cuando ni una sola bota se ha puesto en territorio nacional. Más de uno se imagina que vendrán los gringos a sacar a piedreros los de los lotes baldíos. Más de uno debe considerar que Costa Rica es tan pero tan pero tan importante en el gran esquema de las cosas, que era cuestión de tiempo antes de que nos vinieran a salvar/invadir los gringos.
* Ejecutivo y legislativo mayoritario, incluyendo sus lucrativas ramas comerciales, todos una bola de mierda, de arrastrados y pendejos. Feliz de estar de vuelta, por cierto.
Al escribir esto, hace más de 24 horas salimos de Detroit. Ahí pasamos una semana de trabajo y sueño, trabajo y sueño. Yo, la que siempre está sentada en la soledad de su cocina sin hablar con nadie, tuve que hablar con más o menos cien personas al día en una conferencia de más de 16mil activistas sociales. La última tarde huí y me encerré en el carro, dentro de un parqueo, como si me estuvieran persiguiendo. Quería soledad y sobre todo, no quería tener que ver nada con las múltiples luchas que necesitan ser emprendidas en el mundo.
Detroit está frente a un río muy azul donde, al otro lado ya es Canadá pero en una de esas sorpresas de la geografía, estamos mirando hacia el Sur. El puño de Joe Louis, el Brown Bomber, flota inmortalizado en una enorme escultura de bronce. Los edificios vacíos de la revolución automovilística han sido grafitteados, recuperados por artistas o habitados por aquellos a los que la tasa de desempleo les da igual. En el parque suena un festival lleno de mujeres negras en pantalones muy cortos, bailando para que las vean los muchachos. El espíritu de Detroit sostiene una cosa en cada mano, un poco confundido por las incertidumbres del futuro.
Escribo sentada en el asiento de atrás de la van, entre dormida y despierta, y voy teniendo pesadillas. En el asiento de adelante está el cowboy, manejando y oyendo una canción de Bob Dylan que se entreteje con mis sueños. Farewell Angelina, the sky is trembling and I must leave.
Afuera está Nebraska. Entre Omaha y la frontera con Wyoming hay un gran pedazo de nada. Llevamos un billón de horas observando el mismo paisaje, misericordiosamente interrumpido por una parada en un bar para comer y ver el segundo tiempo del partido Argentina-México. Celebré los goles de forma escandalosa y solitaria ante la mirada atónita del bartender, para quien sin lugar a dudas debo ser Mexicana.
En cada pueblito me imagino cómo será vivir ahí. Dejarlo todo y vivir en Spring Valley, Illinois, Avoca, Iowa o Kearney, Nebraska. Habitar una de esas casitas al lado de un lago, con un bote de remos, y alimentar a las gallinas. Saber cuánto cuesta un tractor y un atado de paja de los que parecen rollos de sushi gigantes. Ver pasar las tormentas rodando por el cielo, que es más grande que todo lo que existe. Resignarnos al invierno atrapados bajo una sábana de nieve. Creo que sería una pesadilla. No soy suficientemente fuerte para plantarme todos los días ante los ojitos racistas que me hacen las mujeres cuando me encuentran en el baño del restaurante.
Es el final de la tarde. Todavía estamos en Nebraska y Wyoming está sólo a 20 millas, pero no sabemos qué nos espera del otro lado. Así que paramos en un pueblito viejo que se llama Kimball. Hay banderas blancas y rojas bordeando la calle principal. Todo está cerrado porque es domingo, pero está abierto un bar de hace doscientos años, un salón de Bingo cierra después de su sesión semanal de las dos de la tarde, una locomotora de la Union Pacific Railway , y una licorera, por suerte, vende permisos para acampar junto al reservorio.
Armamos el campamento junto al lago, en un campo de dientes de león. El cielo se quema, rojo y morado, y se va el sol en la dirección en que van los trenes de 85 vagones, cada media hora, un rumor lejano que nos acompaña toda la noche.
Al otro día, en busca de café e Internet, paramos en Cheyenne, Wyoming, una ciudad pequeña basada en el intercambio de trenes que van hacia el pacífico. Hay cafés y deliciosos bagels, los muchachos que trabajan en la corte salen a tomar el sol durante sus quince minutos de descanso. Una mujer le explica a otra las vicisitudes de las almas en el purgatorio. Hay un domo dorado y una biblioteca pública, y una iglesia en la que suenan las campanas. Se parece a Heredia.
Wyoming, entre las ciudades, es otro montón de nada. Rocas sobre rocas, rocas planas, rocas que parecen una mesa, rocas que parecen un elefante, antílopes que parecen rocas. De repente, por sorpresa, aparece un pico nevado altísimo y solitario. Por suerte la carretera es tan plana que se puede no sólo pensar en otra cosa, sino comer y hablar por teléfono mientras se maneja. No hace falta pretender ponerle atención a Wyoming.
Todo eso cambia cuando se entra a Utah. El paisaje se transforma en el del Correcaminos, y siento que en cualquier momento me cae una piedra mormona en la cabeza. Todo el estado, atravesado de lado a lado, me da mala espina. Al menos todo es hermoso, y al final está el lago de sal que le da nombre a todo lo que hay por ahí, los campos de sal multicolor, un desierto que parece un espejo, recorrido por larguísimos trenes herrumbrados.
A 88 millas de que aparezca Nevada empiezan los anuncios que prometen casinos, mujeres, un trago comprado sin muchas complicaciones, un plato de comida, una cama limpia para descansar. Pero falta mucho, falta mucha arena y sal. Y mientras avanzamos, por esas cosas de los husos horarios, se va a haciendo más temprano.
La depresión me comienza a llegar al cruzar la línea con Nevada, y el atardecer me encuentra llorando frente al mismo club que anuncia “Girls Girls Girls”. Me estrello contra una pared de cansancio, pésima alimentación, sueño cuestionable, y lo que parecen miles de horas encerrada en el carro, temiéndole a la muerte inmediata. Se me ocurre que quizás no debí hacer este viaje absurdo. Lloro y lloro todo el camino, mientras el sol se extingue en el horizonte, hacia donde nos dirigimos. El cowboy me promete un hotel en Reno, la próxima ciudad. Mike me dice que sonría, que ya casi estamos en casa. Matt intenta hacerme reír subiéndose a un caballito mecánico en una gasolinera, y eso si sirve un poco. Me vuelvo a meter al carro. No queda más.
El cuarto día es placentero y breve. Voy en posición fetal mientras volamos por las autopistas de California, un juego mortal pero al menos familiar. Un automóvil ha quedado destrozado en la división de la autopista, y un bombero trata de contener a cuatro niños rubios junto a la escena que les dejará una cicatriz para toda la vida. Le pido a un dios que no existe que no me mate a diez millas de mi casa, después de haber recorrido 5540 en los últimos días. Y por supuesto al final cruzamos el puente de la Bahía y ahí está la ciudad, escondida por una extraña capa de niebla lechosa que flota a mediana altura.
Desde que vivo en este país se me han intensificado varias de las fobias más molestas. Por ejemplo, me da miedo volar en avión, mucho más del que me daba antes. Más recientemente me aterroriza conducir por las autopistas, así que dejé de hacerlo del todo. Para tristeza del cowboy, ahora también me da miedo ir en el asiento del copiloto, y cada viaje lo paso dando saltos, pegando gritos, y agarrándome del asiento como si fuera en una montaña rusa. Aún así decidí hacer este largo viaje por tierra, con el cowboy y nuestros amigos Mike y Matt, no sólo corriendo el riesgo del aburrimiento sino temiendo por mi vida cada minuto.
Día 1
Cuando se sale de California empieza a cambiar la configuración geográfica y social de la comodidad. Las curvas de la carretera y los picos nevados hacia el Este lo llevan a uno a Nevada, donde las apuestas y la prostitución son legales. Uno sabe que va a entrando porque aparecen casinos al lado de la carretera, y en las gasolineras hay maquinitas tragamonedas. También hay pequeños centros comerciales donde languidecen dos restaurantes de comida rápida y un local con un gran rótulo de neón que dice “Girls, Girls Girls.” Si ha de ser triste ser bailarina de night club, ha de serlo aún más en el turno del día, en medio de la nada, en un local que podría ser un Taco Bell.
Mi primer artículo temático para Los Superdemokráticos, sobre las sorpresas de la historia.
Ser inmigrante es tener dos historias. Y teniendo más de una, se conoce que cada historia se compone de más o menos los mismos ingredientes: hechos comprobados, aspiraciones grandiosas, vergüenzas pueblerinas y orgullos mal encaminados. Y ante la duda, no falta un puño cerrado para mantenerlo todo vigente. La historia es la mitología que la gente necesita para sobrevivir hasta el final del día.
Para leerlo todo hay que ir aquí.
* Estos días me despierto preparada para el café y el zumbido de las vuvuzelas. “Qué tienen los países en desarrollo en contra del silencio y la paz?” me pregunta un amigo. No sé. El silencio deja demasiado espacio en la cabeza para las actividades reflexivas, y se puede hacer dolorosamente evidente que la vida es una mierda. Por eso cuando uno se hospeda en un hotel en la República Dominicana le dicen: “le tocó una habitación bien buena, al lado de la discoteca”. Sentada en el mismo sillón del desempleo que Luis, veo todos los partidos que puedo. Ver ESPN es como tragarse una sobredosis de Valeriana. Prefiero Univisión, donde los comentaristas son machistas, racistas, sabelotodo. Me siento como en casa.
* En mi sueños, el Cowboy y yo somos butch cassidy and the sundance kid. Pasamos todo el tiempo juntos, huyendo a caballo por esos larguísimos paisajes del oeste, planeando el próxmo golpe y viendo hacia el horizonte. O somos amantes que han huído y flotamos en la tarde sobre el Bósforo en un barco de madera, antes de abordar el Expreso de Oriente. En la realidad pasaremos tres días de ida, cuatro días de trabajo, y tres días de vuelta en la claustrofobia del auto familiar, pero por lo menos estará su mano al alcance de la mía. Les enviaré postales desde la nada.
* El mencionado desempleo y el mencionado silencio me dejan demasiado tiempo para mirarme el ombligo, cocinar cosas raras y correr como una desesperada. Trabajar en cosas que no me pagan. Pensar en mi cuerpo, que ahora sólo tiene dos estados: señora gordita, o boxeadora peso Welter (flaca no existe, esa posibilidad desapareció por ahí de los 26 años). Pensar en sexo: le he aconsejado a mis amigas solteras que se acuesten con todos los que quieran, sin muchos miramientos, porque todo eso al final no importa. Pensar en la muerte, que sólo es cuestión de cuándo y donde. Ver fútbol, mirar con nerviosismo el estado de la cuenta bancaria, sentarse en la máquina y no escribir nada.
Durante cuatro meses o algo así estaré participando con otros autores en el proyecto Los Superdemokraticos. Me he pasado el día leyendo los textos de los otros autores y merodeando por sus blogs en Español.
También, como parte del proyecto, el periódico Freitag publicó un especial con textos de varios de los participantes. El mío está aquí, pero no entiendo ni papa. Sin embargo se ve bonito e importante, no? Jojojo.
El texto original, en Español, después del salto.
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